Cyntia
Marin -
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13.3.04
Dada la coraza de insensibilidad que parece tener el Palacio de la
Moncloa, es más que probable que al día siguiente de abandonar la
residencia del Jefe de Gobierno, el señor José María Aznar se levante de
un reparador sueño, en su nueva casa. Puede que se dirija al cuarto de
baño con unas pequeñas tijeras que le hacen el mantenimiento del bigote,
y ahí, justo en ese momento, cuando busque en el reflejo del espejo su
rostro, se encuentre la cara de cada uno de los doscientos muertos.
Puede que Aznar no se inmute y se limite a refregarse los ojos, como
para volver a empezar, pero al abrirlos, otra vez van a estar ahí,
mirándolo, sin odio, con una expresión que apunta un tímido por qué.
Puede que Aznar, piense que es cosa del espejo y gire la mirada hacia la
derecha, buscando la tranquilidad en los azulejos del baño, pero no, en
la mampara de la bañera, pero no, en el techo del baño, pero no, en el
pasillo de la casa, pero no, en el jardín, pero no.
Ahora, pasados unos minutos, ya sabe Aznar que esos cuatrocientos
ojos que lo miran, que le preguntan, que lo repugnan, es la única visión
que tendrá para el resto de sus días. Y así será hasta que su Dios se lo
lleve envuelto en su bandera y en el himno nacional, seguramente en una
ceremonia transmitida por televisión.
Gentileza de Cercle Obert de Benicalap
Iniciativas Sociales y Culturales de Futuro