María Isidra de Guzmán (1768-1803)

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“Yo, indulgente más que justo,
en sus obras quiero hallar
algo que pueda alabar;
pero no logro ese gusto.”
R. J. de Crespo.

LA VOZ DE LA PRIMERA ACADEMICA

Entre las mujeres españolas del siglo XVIII de sólida cultura se acostumbra a citar antes que a ninguna a “la doctora de Alcalá”, sin duda porque este título le dio una fama de las que otras carecieron.

Mas esta preferencia es a todas luces arbitraria, ya que María Isidra de Guzmán no sólo no ha dejado ninguna obra que merezca la admiración de la posteridad (no pueden considerarse como tales sus Oraciones a la Academia Española, a la Real Sociedad de Amigos del País, y menos aún las décimas con que agradeció al Rey una cruz concedida a su marido), sino que se haya cumplidamente demostrado que sus traducciones de los clásicos griegos fueron hechas de una versión francesa.

María Isidra Quintina de Guzmán y de la Cerda, hija de Diego de Guzmán, conde de Oñate, y de María Isidra de la Cerda, condesa de Paredes, nació en Madrid el 31 de octubre de 1768. El 9 de septiembre de 1789 se casó con Rafael Alfonso de Sousa, marqués de Guadalcázar e Hinojares, con quien se trasladó a Córdoba, donde murió el 5 de marzo de 1803, siendo enterrada en la iglesia de Santa Marina de Aguas Santas.

Por su rango, María Isidra vivía muy cerca de Carlos III, quien le había cobrado, desde niña, singular cariño; quizá no le desagradase tampoco, a este monarca, por aquello de que nunca amarga un dulce, y de que las lisonjas raras veces molestan, encumbrar oficial y académicamente a una muchacha, cuyo vivo ingenio le deparaba las flores de los más rendidos ditirambos. El hecho es que Carlos III quiso ver a María Isidra doctora, para ello, por orden expresa del Rey (cual consta en una esquela de mano de Floridablanca, y en una reales cédulas) el Claustro de la Universidad de Alcalá examinó a la joven, para ver “si la consideraba acreedora a la investidura de los grados de doctora en Filosofía y Letras Humanas”.Tras examinarse es nombrada doctora, el 6 de junio de 1885, en un acto en el que se suprimió el abrazo que el rector y los doctores debían darle en señal de fraternidad, se supone que por motivos de “decencia”.

¿Cómo no iba a declararla el Claustro acreedora a éstos y a cuantos títulos quisiese el Rey? He aquí, pues, a María Isidra, doctora, a los diecisiete años, por la Universidad de Alcalá -investidura que se celebró con inusitada pompa, el claustro acuñó incluso una moneda de plata-, académica de la Española y miembro de la Sociedad Económica matritense. Todo lo cual cabe suponer que con gran satisfacción por parte de Carlos III, a quien, en su discurso de ingreso en la Económica, mostró su gratitud en estos términos: “El gran Carlos III, que excediendo a Camilo en el amor a la patria, a Torcuato en la igualdad de la justicia, y en el desvelo a Temistocles…”

Los que no recibieron de “la doctora de Alcalá” semejantes alabanzas, no pudieron por menos de considerar cuán caprichosa puede resultar la fama que aureola a una erudita, aunque no dejemos de reconocer sus méritos y las múltiples dificultades que tuvo que vencer en su época por su condición de mujer.

Francisco Arias Solís

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