4
Sep

Caballos de fuego

   Escrito por: MMB   en Poesia

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Imagina que somos caballos de fuego,
Y que juntos iluminamos la noche.
La mañana está lejos aun,
Y tenemos tiempo para amarnos.
Toma mi mano y vuela,
Siente la luz, el calor, la vida.
Es hermoso sentirse amado,
Y tú me amas.
Es hermoso sentirse deseado,
Y yo te deseo.
Despliega tus alas fosforescentes y aletea,
Si, es hermoso volar. ¿Acaso no lo sientes?.
Imagina la noche,
Piensa en la vida.
Es hermoso volar,
Y que fácil es vencer el destino.
Mariposa nocturna, bella deidad,
Tú alma florece por la noche.
Tienes los pies en fuego,
Arde tu rostro y vibra tu corazón.
Vuela, vuela,
Volemos alto hacia lo infinito.
Si el mundo está en desgracia,
No es ese nuestro problema.
Bebe, ríe, canta,
La noche es bella aun, y oscura.
Tan oscura;
Que da pena que pronto llegue el rocío.

Diego Ferreyra
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3
Sep

Cita nº 35

   Escrito por: MMB   en Citas

mariposa0001.gif¿Beso? Un truco encantado para dejar de hablar cuando las palabras se tornan superfluas.
Ingrid Bergman

2
Sep

Canción del amor lejano

   Escrito por: MMB   en Poesia

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Ella no fue, entre todas, la más bella,
pero me dio el amor más hondo y largo.
Otras me amaron más; y, sin embargo,
a ninguna la quise como a ella.
Acaso fue porque la amé de lejos,
como una estrella desde mi ventana…
Y la estrella que brilla más lejana
nos parece que tiene mas reflejos.
Tuve su amor como una cosa ajena
como una playa cada vez más sola,
que únicamente guarda de la ola
una humedad de sal sobre la arena.
Ella estuvo en mis brazos sin ser mía,
como el agua en cántaro sediento,
como un perfume que se fue en el viento
y que vuelve en el viento todavía.
Me penetró su sed insatisfecha
como un arado sobre llanura,
abriendo en su fugaz desgarradura
la esperanza feliz de la cosecha.
Ella fue lo cercano en lo remoto,
pero llenaba todo lo vacío,
como el viento en las velas del navío,
como la luz en el espejo roto.
Por eso aún pienso en la mujer aquella,
la que me dio el amor más hondo y largo…
Nunca fue mía. No era la más bella.
Otras me amaron más … Y, sin embargo,
a ninguna la quise como a ella.
                  

 José Ángel Buesa

 

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1
Sep

Las setas

   Escrito por: MMB   en Relatos

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  La jardinera, al pasar arremolinando una nube de polvo, justificaba su nombre: hacía el efecto de enorme ramillete. Los trajes borrosos de los hombres desaparecían bajo los de percal rosa, azul y granate de las mujeres, y las pamelas de paja y las amplias sombrillas eran otros tantos cálices de gigantesca flor, abiertos sobre el verde gayo y frescachón del campo galaico.
    Bajáronse los expedicionarios al pie del castañar, que les ofrecía para su merienda regalada sombra. Destaparon el cesto y, acomodándose sobre la hierba mullida, despacharon, entre alborozo, agudezas y carcajadas, el jamón fiambre y las rosquillas, que regaron con champaña. Después corretearon por el bosque, jugando a esconderse. Eran siete: tres matrimonios y un muchacho soltero, gente distinguida de la corte, que veraneaban en el puertecillo de la costa cantábrica, y se sentían embriagados por el aire puro, los sanos alimentos y la, para ellos, desconocida belleza del país. Mientras el soltero Manolo Chaveta se ocultaba detrás del matorral, y las señoras, Clara, Lucía y Estrella, se dedicaban a buscarle entre el ramaje de los castaños nuevos, los tres maridos, Juan, Antonio y Perico, se entretenían en coger setas que Antonio declaraba comestibles.
    -Las freiremos con tocino - exclamó -, y veréis qué bocado delicioso.
    Al ponerse el sol tenían dos pañuelos henchidos de setas morenas, leves como el corcho, olientes a almendra amarga.
    Cuando, habiendo regresado al pueblecillo, ordenaron a la dueña de la fonda que friese sin tardanza las setas cosechadas en el bosque, la buena mujer se negó. ¡Madre mía del Corpiño! ¡Freír ella porquería semejante, una cosa de veneno, habiendo en el mar tanto rico pescado, y en la tierra tan sabrosos huevos y tan gordas gallinas! Precisamente aquella noche les tenía ella a los señoritos una cena de rechupete: lenguados en salsa, pollos con “chícharos” y costillas de cerdo en adobo. ¡Que tirasen al polvero esa indecencia, si no querían morir de mala muerte! Pero Manolo Chaveta, echándola de docto, trató de ignorante a la fondista; habló de Francia, donde a la seta se la llama “champiñón”, y no falta en ningún guiso; aseguró que aquellas eran setas excelentes, que en el tufillo se las conocía: requirió la sartén, y juró que si no las freía nadie, ¡hala!, las freiría él mismo.
    -Bueno - gruñó la fondista -, ya que quieren reventar…, a su gusto. Váyase, señorito, y descuide, que yo amañaré las “setiñas” con su tocino, y se las mandaré a la mesa hechas un sol. Pero confiésense antes, por si acaso…, y avisen al escribano para hacer testamento.
    A la hora de la cena, después de los tiernos pollitos, que se deshacían como merengue en su lecho de guisantes, apareció, en efecto, un plato donde crujían aún las setas recién salidas de la sartén. Los expedicionarios, que ya casi ni se acordaban de ellas, las miraron con sorpresa y de reojo.
    -¡En qué poco se han quedado! - exclamó Antonio, que había cosechado la mayor parte -. ¡Si apenas hay!
    A pesar de esta observación y de la afición  que todos habían jurado profesar a las setas, ninguna mano se tendía hacia el plato; pensaban en las palabras de la fondista, y los paralizaba involuntario temor, porque las setas, así fritas y encogidas, les parecían más siniestras que en el campo, esponjadas y leves. Pero como Lucía dirigiese a Manolo Chaveta una ojeada burlona, él se decidió, y exclamando: “¡Qué buena cara tienen!”, se puso en el plato dos o tres. Antonio imitó su ejemplo, y las señoras picaron también alguna seta con el tenedor. Al principio comían con cierta repugnancia, mascando lentamente aquel manjar sospechoso; por fin, el saborcillo del tocino los animó y despabilaron - entre cuchufletas y alardes de humorismo, mofándose de las aprensiones de los indígenas, que desconocen las excelencias de los champignons - todo el contenido del plato.
    La velada solían entretenerla leyendo periódicos  y  jugando al bezigue,  y aquella noche no alteraron la costumbre; mas es fuerza declarar que las noticias no les interesaron, y el juego, menos. Perico, que era de esos guasones pesados capaces de dar ictericia, amenizaba de cuando en cuando la reunión con frases de este jaez: “¿Han hecho ustedes examen de conciencia?”  “¿Conocen ustedes aquí algún cura de confianza y aseadito, para eso de la Extremaunción?…”, hasta que su mujer, Estrella, una morena imperiosa, le soltó un furibundo rapapolvo, mandándole a la cama. A las once se retiraron todos, no sin que Clara dijese a Lucía en tono agridulce: “Te noto muy mal color”, y Lucía respondiese, mordiéndose los labios: “Yo te lo notaba a ti; pero no quería decírtelo, por no asustarte”.
    Las doce menos cuarto serían cuando Estrella salió al pasillo despavorida y en enaguas pidiendo socorro. La primera persona con quien tropezó fue Juan, desencajado y en mangas de camisa, que amparaba con la mano la luz de una bujía ardiendo en una palmatoria. Del cuarto salían desgarradores ayes exhalados por Clara. En cinco minutos se alborotó la fonda y empezó el bureo, el trastear en la cocina, el ir y venir del servicio, las preguntas de los demás huéspedes que se despertaban:
    -¿Qué pasa?
    -¿Arde la casa?
    -No; esos de Madrid, que se han ajumado hoy más que otras veces - decían los bañistas locales.
    -¡Quia! Si es que se han envenenado con setas; se empeñaron en comerlas, y por fuerza hubo que freírselas - explicaba el criado, descolgando del perchero la boina para correr a avisar al médico, mientras la fámula volaba a turbar el sueño del boticario.
    Parecía cosa de magia: los siete expedicionarios advertían iguales síntomas, el mismo horrible cólico, el mismo frío sudor.  Los matrimonios procuraban auxiliarse, mientras el soltero, Chaveta, se retorcía solo en su angosto lecho. Cuando los dolores dejaban alguna tregua, los enfermos se increpaban.
    -Yo bien dije que era una locura comer esa inmundicia.
    -¡Maldito sea quien las trajo a casa! - gemía Antonio, olvidándose de que las había recogido él en persona.
    Y como cuando se sufre las horas parecen interminables, y el médico tardaba y también los remedios, las tres parejas creyeron definitivamente llegado su trance postrero, y pensaron, como se piensa en el vencimiento de una letra, en que era forzoso presentarse ante el Sumo Juez. Clara, temblorosa y con los ojos extraviados, echó los brazos al cuello del moribundo Juan, y le dijo al oído no sé qué cosas, a las cuales respondió él con voz desmayada y turbia:
    -Sí, hija, te perdono, y ojalá nos perdone Dios.
    Por su parte, Lucía, con supremo esfuerzo, se arrodilló delante de Antonio, y murmuró algo; pero su marido no la dejó terminar; antes la alzó, exclamando afligido:
    -Basta, querida; todos tenemos nuestros pecados.
    En cuanto a Estrella, acostumbrada a tratar a Perico militarmente, se contentó con decirle entre dos bascas:
    -Tus bromas sobre Chaveta te…, tenían… fun…, fundamento. Absuélveme en seguida, que… estoy agonizando.
    Y Perico, crispando las manos sobre el estómago, que se le abrasaba en viva lumbre, respondió:  
    -Corriente: para lo que hemos de vivir…, absuelta quedas de eso y de todo.
    Al cuarto de hora llegó el médico, viejo practicón que ya había asistido en algunos casos de intoxicación por setas. Venía pertrechado de emético y de éter, de esencia de tomillo y de ipecacuana. Apenas hubo visto a los enfermos, se le despejó el rostro y hasta sonrió.
    -Envenenados están - dijo -; pero no hay que asustarse, que poco veneno no mata.
    -Como que tiré al cesto de la basura casi todas las malditas setas, menos unas pocas, que freí por les cumplir el antojo - respondió la fondista, respirando libremente y rebosando el legítimo orgullo de quien ha salvado, mediante un rasgo de discreción, siete vidas humanas.
    Restablecidos ya, al pronto los tres matrimonios se hablaban con cierto encogimiento, fríamente, lo mismo que si tuviesen algo atravesado en la garganta. Pero Chaveta, que había quedado desmejoradísimo desde la crujía, anunció que regresaba a Madrid;  y con su marcha y la satisfacción de no haberse muerto, renació la alegría entre las parejas, que de allí a poco volvieron a merendar al bosque.

 

Emilia pardo Bazán
Cuentos de Verano y otoño

31
Ago

Los hombres gordos

   Escrito por: MMB   en Poesia

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Como un látigo naufragando en el sudor de las bestias

Así encuentran su corazón

Los hombres gordos:

Deforme engañado repleto de fichas y píldoras

Insomnios y
precios

Con lágrimas que no saltan de la sangre

Con el deseo enterrado en la grasa

Con el latido separado del recuerdo.

Así encuentran su corazón:

Como una hilacha impura
de pronto

Porque hay dudas blandas sospechas

Una esposa que sonríe huelgas directorios

Rincones del alma que hieden

Secretarios que se equivocan

Y hay que liquidar el
porcentaje

Y hay una muchacha tal vez la dactilógrafa

Y hay quienes respiran de otro modo

Que viven de otras cosas

Pero es mejor no comprender negar no darse cuenta.

Así encuentran su
corazón:

Como una arruga en la camisa impecable

Algo que no es dolor y que se olvida

Recordando los subsidios

Los saldos en cuentas corrientes

Y la donación para la Iglesia

Un poco de más

Mas hay que cumplir con la conciencia.

Así encuentran su corazón:

Sintiendo una súbita molestia

Algo que no duele y que se olvida

Pensando en la Democracia

Que a cada individuo da lo justo:

Miseria coca-cola o dividendo.

Y así casi contentos casi satisfechos

Casi de cualquier manera

Encuentran su corazón

Los hombres gordos:

Rascándose.

www.palabravirtual.com/ibargoyen
Saúl y Mariluz

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30
Ago

Para mirarte y verte

   Escrito por: MMB   en Poesia

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Para mirarte y verte entera necesito
Olvidar todas las palabras
 
 
Olvidar todos los silencios necesito
Para sentirte entera
 
 
Y para poder ser hombre necesito
Llorar
Llorar como los árboles en otoño
 
 
Hoy
Para poder ser el despertar que te nombra
Necesito verte
Necesito verte con todos los fuegos que te visten
Con todos los mares que te envuelven 
  
   
Soy hombre y campo
Después de ser la desnudez que acompaña
Y dibuja tus amaneceres 
    
 
Soy hombre e invisible sombra
Cuando mis brazos se pierden en tu voz
Cuando mi llanto olvida lenguajes y misterios 
    
 
Ahora puedo resucitar todos los días
En tus brazos silenciosos y frutales
Pues soy un niño que duerme
En el corazón de las estrellas
 
 
 
 
 
 
Antonio Marín Segovia

28
Ago

Amo

   Escrito por: MMB   en Poesia

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Amo los roces de tus manos silenciando los sonidos de mi cuerpo
Tu cabello enmarañado acariciando mis dedos con suavidad

Amor tus muslos enredados como hiedra en mi cuerpo

Y la dulzura de tu boca rompiendo las soledades de mis labios

Amor tus ojos que sabe mirar los horizontes de los míos

 

Amo tus pechos mitad maternos, mitad amantes

     Almohada para mí fatigado rostro

     Volcán para mi pasión

      Amo cada átomo de tus gestos

      Que como suave brisa cálida

      Alimenta el fuego de mis sueños

  Amo tu boca manantial de dulce saliva que riega mi alma

  Amo tu nombre por tu madre puesto

  Susurrado por dios

      Para ser  el sagrado salmo de mi corazón.

                                              MIGUEL ÁNGEL

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