Queridísimas compañeras de cromosomas, me siento frente al teclado y la inercia navideña me devuelve a una infancia inventada, donde la fantasía era capaz de jugarse su ilusión con tal de maquillar lo oscuro.
Envuelvo en lazos rosas y en papel de colorines con fragmentos verdes, blancos y rojos, mientras etiqueto uno a uno a mis seres queridos, como si al poner su nombre en cada regalo les entregase un pedacito de mi, un “chin” (como dicen en el Caribe) de aquella ilusión, que a día de hoy sigo reinventando por una cuestión de principios.


