Pobre Ancla Atolondrada


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Paseando la nostalgia e intentando disipar las continuas incertidumbres que me agarran al suelo, he arrojado el ancla, pero olvidé atar la cuerda y ahora ya no sabe nadar y ni siquiera flota.

Pesada, erosionada por la corrosión marina y la mugrienta marejada, mi ancla se ha perdido y descansa en tierra oscura, mientras se adormecen sus intenciones y los moluscos la mecen.

El susurro del oleaje es intenso, pero aún le falta luz para seguir la estela y este faro no conecta el GPS. Las gaviotas antes parlanchinas, ahora juegan al despiste y ni siquiera saludan.

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Quiero ser discreta

LA DISCRECIÓN.

Admiro soberanamente a las personas discretas, insonoras, con peso pluma o efecto narcótico que son capaces de vivir sin hacer tanto ruido.
Normalmente me decanto por la exclusividad, por marcar la diferencia y luchar (o al menos hacer que lucho) contra el borreguismo, pero a día de hoy y visto lo visto, creo que soy de lo más tonta. 
 
He comprobado que en el fondo y en la forma les va mejor a las calladitas y es que queridas compañeras de cromosomas, estáis leyendo a una bocazas con un inmenso talento para perder los estribos y recibir coces (y me he cansado).

 

A veces hasta lo intento y paso desapercibida, pero siempre nace la circunstancia donde mi voz se alza y mi necesidad inmediata consigue romper el equilibrio del “POR HOY NO EXISTO”. 

 

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