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MENSAJES PARA LA VIDA - HISTORIAS - CUENTOS

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 “EN EL DÍA DE TODAS LAS MADRES”



Hay veces en que el escritor profesional se pone frente al teclado y trata de transmitir a cuántos le leen o le siguen ese sentimiento que lo embarga por profundo y hermoso. Son contadas ocasiones en las que, voluntariamente, el hombre que sabe expresarse con las palabras, sin pedir nada a cambio y con corazón a viva voz, grita en la página en blanco palabras que le brotan de lo más hondo, como si todavía fuera un niño.



Yo, amigas, soy un hombre sencillo. Uno de esos señores que, a la chita callando, llora muchas veces en silencio y rememora lo que, otrora, formara parte de su vida feliz de púber con ambiciones sanas. Pero detrás de esa sencillez, de esa naturalidad nada afectada, se hallaba un ser maravilloso y cargado de amor que era mi madre.



Hoy, día 1 de mayo, gran parte del Planeta Tierra celebra de algún modo el día de la madre. No es uno de esos días inventados por el Corte Inglés, como va de boca en boca y a modo de entendimiento para cada hijo de vecino, sino una añeja tradición que viene de atrás, de muy atrás…



Recuerdo que, hace años, cuándo mi madre era todavía joven, le regalé un costoso pañuelo de seda, amarillo, para que lo luciera en el cuello. La mujer que me trajo al mundo era una persona de refinado gusto, y todavía ahora mismo, en el momento de redactar este artículo, veo su expresión de asombro. Yo nunca le había regalado nada a esa bella y exquisita mujer. Lógicamente, le llamó la atención. Este gesto mío, que ya el día anterior lo había fraguado en la mente, se materializó en realidad. El pañuelo de seda amarillo fue adquirido en una “boutique” de “élite” y su precio excedía un poco lo que mi economía tan precaria por entonces podía permitirse. Pero no lo pensé mucho, ni regateé. Me di cuenta, cuando se lo entregué en mano, debidamente envuelto para regalo, que mi júbilo interno irradiaba emoción y felicidad. Yo, el egoísta escritor que sólo pensaba en sí mismo, también era capaz de exteriorizar un poco sus sentimientos hacia el ser más notable de la casa. Con el discurrir de los años, y ahora en que mi madre ya no puede tocarme ni darme las gracias ni planchar mis pantalones ni lavar mis camisas ni sacar brillo a mis zapatos ni prepararme la comida ni la cena ni el desayuno, y así mil cosas más, su recuerdo inmarchitable perdura en la fibra más sensible de mi ser.



La dueña de la casa, como tantas otras mujeres que tanto se sacrificaron por los suyos dejando aparvadas sus preferencias o pequeños deleites, hoy, con mayor fuerza, revive en nuestro entorno y palpita dentro de nuestro ser, por el simple hecho de que, la casa, el hogar, ya no es el mismo. Incluso puede que ya no exista ni aquella casa ni tengamos hogar, haciendo honor a la sociedad caótica en la que nos toca vivir por imposición estólida.



Pero estoy seguro, convencido hasta la médula espinal, de que muchos hombres que ya peinan canas, como yo mismo, recordamos hoy a la mujer que se desvelara por sus vástagos sin pedir nada a cambio, con una entrega altruista y sin parangón. Las madres eran las que trastocaban lo feo en bello, lo triste en alegre, lo agrio en dulce; los seres que siempre estaban en el lugar justo para que nada nos sucediera, tapando nuestras faltas o deslices, dando la cara por nosotros pese a ser culpables; las mujeres que, al llegar la noche estaban cansadas y se quedaban dormidas en tanto el resto de la familia veíamos el programa de televisión o la película de estreno, que sabíamos, con emoción de niños con “vocación”, que era con Gary Cooper o con Marilyn Monroe. Pero la madre era la que menos disfrutaba del espectáculo, porque el cansancio del día ya hacía mella en su persona. Y nosotros, embobados con las imágenes sobre el lienzo blanco, no teníamos la suficiente preparación ni sensibilidad para percatarnos de esta gran verdad.



Mi madre se despidió de mí un día y ya no volvió. Un carcinoma de mama con metástasis ósea se la llevó. La cuidé hasta el último momento. No me separé de su lado ni un instante. Cumplí con mi deber de hijo agradecido. Al igual que ella se sacrificó durante más de cincuenta años por mí y mi padre. Supongo, claro está, que a muchos y a muchas de ustedes les habrán sucedido cosas semejantes y no lo divulgan por Internet como lo hago yo. Pensarán que soy un fatuo o un vanidoso. Ni lo uno ni lo otro. Yo, con modestia, pretendo difundir un comportamiento a modo genérico, tomando las riendas de lo que ustedes, muchos de ustedes, hicieron con mutismo pero meritoriamente. Bueno es que, los jóvenes de hoy, sepan que comportamientos como el mío o el de ustedes se daban con gentil amor y generosidad plena. La madre siempre será la madre.



Hoy, día 1 de mayo, muchas madres recibirán regalos y lo celebrarán en restaurantes o comedores. Sin embargo, hay algo mucho más importante que estos actos externos y pasajeros: que lo que se haga por la madre brote de lo más profundo del corazón, y pensemos, por un momento, que esa mujer, ella, la madre, se merece todo ese festejo y algo más… SE MERECE NUESTRO AMOR ETERNO.



Gracias, mamá, por ser como fuiste. Que Dios te bendiga.





Juan Julio de Abajo

juan@fancyediciones.com
 

2007

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