“CARTAS A MI AMADA”, por Juan Julio de Abajo
Mi querida Carmen:
Azotan los primeros aires, y quizás vienen a limpiar las
impurezas que los humanos desparramamos en nuestro peregrinar por la vida.
Las leyes de la naturaleza son de una inteligencia tan pulcra y cristalina
como las almas de los seres puros y sin corrupción. En este momento, en el
centro de una habitación vacía y despoblada de vida, noto y sufro los
tonos grises del exterior de mi prisión. Sé que fuera hay vida, aunque yo
esté como en letargo, casi sin pálpitos en mi corazón. Y pienso y creo que
con razón: “Qué poco somos, Señor. Que breve cosa es nuestra andadura por
los senderos inciertos y sinuosos de lo que llamamos existencia y
conocemos como vida terrena”. Elevo mis ojos a lo alto, y atisbo el gris
de las nubes, la negrura de la mañana, el desánimo de un amanecer que se
niega a desperezarse y darnos su luz clara de verano. Y las meditaciones
lóbregas invaden mi cuerpo y mi alma. Un alma que bien sabe el Creador de
las cosas que no nació ni se desarrolló para hacer el mal, sino para
alentar a los que desearan ser sus amigos, sus correligionarios, a
asociarse con ellos en la hipersensibilidad… ¡Con qué intensidad puede
sufrir en silencio un hombre de carne y hueso, que dentro de poco no será
más que huesos y polvo! ¡Qué tontería dar importancia al nimio hecho de
haber nacido o partir hacia las praderas relajantes del más allá! Yo tengo
el convencimiento, amiga del alma, de que en ese más allá habita la
verdad. La única y definitiva verdad. Lo de acá, ese mundanal ruido
constituido por gentes que se agolpan en lugares comunes para luchar y
defenderse los unos de los otros, o ambicionar más bienes terrenales sin
detenerse a pensar que a la vuelta de la esquina de cualquier año
malhadado se les escapará entre las junturas de las manos, que poca cosa
es en verdad. ¡Qué poquedad somos, amor de amiga! ¡Qué lástima de vida
mía, que espléndida pudo ser si no me hubiese olvidado, fatuo de mí, de
que dentro de mi cuerpo habitaba un corazón tierno y amoroso!
Perdóname, amiga- amor-compañera. No puedo seguir. Te mando
una carta que he guardado durante estos años, sin que tú lo supieras. Una
misiva tuya cargada de sentimiento, cuando eras toda esperanza.
Adiós, Carmen mía, compañera fiel de fortunas e
infortunios. Nunca te olvidaré. Tú eras “LA ESPERANZA”.
Julio.
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