
“CARTAS A MI AMADA”, (2ª CARTA), por JUAN JULIO DE ABAJO
Querida Carmen:
Ayer estuve en el médico. Sus consejos no me fueron de
utilidad. De ninguna. ¡Qué fácil es dar consejos y que difícil, en
ocasiones, seguirlos! ¡Qué bobada y pérdida de tiempo intentar transmitir
a los demás lo que está destrozado dentro de uno. Pero debía intentarlo.
Como me lo aconsejabas tú. No fue eficaz. Un derroche de sutil
hipersensibilidad y de dinero exclusivamente. Nunca más volveré.
Antes de que pase lo que, de seguro, va a pasar, quiero
escribirte por última vez, pidiéndote, por favor y como un ruego, que me
contestes alguna cosa, la que sea, la que te brote del corazón.
Durante los años que hemos vivido juntos, hay muchas cosas
que no te he dicho. Cosas que, en su momento, te hubiesen llenado de
alborozo. Recuerdo que algunas noches, inconscientemente lo más seguro,
alargabas tu mano hacia mi cama, como para cerciorarte de que yo estaba
ahí, junto a ti, a tu lado… Recuerdo cuando cogías mi rostro entre tus
manos y me decías, animosamente, que no tuviera miedo de nada, que con tu
protección debía ser suficiente para resurgir de los negros recuerdos…
Recuerdo que velabas mis sueños como si fuera un niño y tú mi ángel
protector… Recuerdo que, al principio, te disculpabas creyendo que habías
metido la pata… Recuerdo tus masajes en mis pies, con aquel ungüento que
tanto me aliviaba… Recuerdo las “comiditas”, como tus las llamabas, con
las que buscabas mi bienestar…
Durante años, has buscado mi rehabilitación y mi resurgir.
Yo era, como bien lo expresaste en oportuna ocasión, “un
hombre herido”. Ese arranque en el decir en defensa de “tu hombre” me
llenó de orgullo. Era consciente de que vivía con una mujer que cualquier
cosa hubiese llevado a cabo para que el bienestar retornara a mí. Y yo,
aunque no lo creas, te miraba de reojo y sonreía orgulloso de estar
contigo.
¡Pero los humanos, amada Carmen, no siempre estamos en
condiciones de comprender o responder con la misma moneda a la otra
persona! No es que no deseemos hacerlo; es que ofuscado tenemos el corazón
y oxidado el cerebro de tanto haber sufrido.
Debí casarme contigo cuando lo deseabas. Contigo, amor,
debí rehacer mi vida de modo y manera determinantes. Amor del bueno y a
raudales debí proporcionarte, pues me estabas demostrando, casi pidiendo a
gritos que formalizáramos nuestra relación. Más adelante, conviviendo
juntos, te conformaste con “para mí, eres como mi marido.” No, amor. No es
lo mismo. La esposa que digna es de serlo de un hombre debe ser atendida,
protegida, cuidada, amada y defendida en todo instante y en lo bueno y en
lo malo, según me lo inculcaron mis padres y la época que me tocó vivir.
Si mi ofuscación y mis nervios no me lo hubiesen impedido, te hubiese
convertido en una reina sobre un pedestal. Sencillamente, porque te lo
merecías.
He tenido que empeorar para reconocer mis errores. He
tenido que alterar tus ánimos de mujer sensata para percatarme de mi
torpeza. Y ahora, cuando amanece y cada día veo más negra la caída de la
tarde, lloro en silencio y a solas mis despropósitos.
Voy a jurarte una cosa, aunque te cueste creerlo. No había
una maldad malsana en lo que te decía. No buscaba el hacerte daño
conscientemente. Jamás se me pasó por la cabeza la idea de dañarte adrede
y maliciosamente. Mis nervios destrozados y las cicatrices sangrantes eran
la causa de que “aquel sujeto que te llamaba “vieja” y “fea”, eran los
auténticos responsables. Nunca me lo perdonaré.
No hace mucho, una persona allegada a ti, viéndome
destrozado, me dijo: “Llama a tu hijo y no a mí”. Mi hijo… Jesús es un
niño de trece años que nada puede hacer por su padre. Aspiro y espero a
que él no sufra lo que yo llevo conmigo, y que su vida sea más cálida de
familia y amor que lo fuera la de su padre, un hombre que no tuvo suerte
con las mujeres.
He procurado no dañar tu imagen después del suceso. Más
bien por el contrario, Jesús piensa que estás fuera de la ciudad y nunca
me ha hecho ningún comentario desagradable sobre tu persona. Opino que
Jesús se había acostumbrado a verte, a ir por tu casa, a vernos a los dos
juntos… Para él, como para mí, tú formabas parte de un terceto cuyos actos
se correspondían ya a una forma natural de vivir, convivir y proceder. Mi
hijo Jesús, como tu bien sabes, es un buen chico y siempre estuvo solícito
contigo. Desgraciadamente, se está haciendo muy mayor y ya ni de su padre
necesita.
Un día, llevado por la desesperación, hablé por teléfono
con María José. A sus impertinencias, le contesté de modo contundente:
“Carmen es hermosa por dentro, hermosa de alma y corazón, y eso a mí me es
suficiente. No lo entendí así en su día, pero con clara nitidez lo percibo
ahora.”
Te quiero porque ahora te comprendo. Y te comprendo ahora,
cuando no te tengo. ¡Qué estúpidos somos los mortales!
Ayer, volví a oír las mismas palabras de hace años: “Una
cama, un techo, picar de aquí y de allá…” Sentí lástima de mí. Y del
doctor en cuestión. Y de todos los que son insensibles e incapaces de
comprender lo más entendible que hay: que el hombre tropieza de continuo,
pero que otra oportunidad hay que darle antes de que el deterioro sea
total.
Estas cartas son íntimas, y así sabrás razonarlo. No me
apetecería que fueran leías por cualquiera. Como diría mi madre, y tú lo
sabes, “no lo comprenderán; no lo digas fuera de casa”. Es tan verdad como
que tenemos un ciclo predestinado de tiempo, ¿verdad, Carmen? Gracias.
Con todo mi corazón y mi cariño más sincero.
Julio.
PD.: Si juzgas que debes contestarme, hazlo pronto. A Julio
ya no le sobran las fuerzas.
Juan@fancyediciones.com
fancyediciones@wanadoo.es