Mi querida queridísima Carmen:
Cuando recibas esta carta, habré regresado de un viaje en el que habré
resuelto un problema que debí finiquitar tiempo atrás. Es misión de la
persona íntegra enfrentarse a los problemas y resolverlos. Yo estaré ahora
muy por debajo de mi estado anímico, pero afronto y afrontaré mientras
aliente lo que me acucie y deba resolver. Lo contrario, sería cobardía. Y
yo estaré acabado y por los suelos, pero debo enfrentarme a lo que,
malsanamente, enrareció mi tranquila y posible feliz vida en común con
otro ser.
Yo, Carmen, podría expresarme en términos brillantes. Sabes que estoy
cualificado para ello. Pero no es tiempo de lucir lo absurdas que pueden
ser las palabras vacías de contenido real. Hoy, ahora, en el instante de
escribirte, no puedo hacerlo con mayor humildad. La humildad que le
confiere a un ser saberse hundido y destrozado moralmente. ¿Es preciso que
te diga, conociéndome como me conoces, que estoy tan mal que me veo morir?
¿Es necesario que te cuente que, de modo machacón, la vida me invita a que
la deje? Ya sabes que una vez traté de poner remedio a un sufrimiento
insoportable. Ahora el sufrimiento es mayor, ya que la persona que me
levantó, el ser que me alentó vida, que a mi lado estuviera para darme
fuerzas, la mujer que calladamente me sacó del suicidio, está lejos de mí,
sin querer responder a mis angustiosas llamadas de socorro.
¿Sabes lo que es soportar día a día una angustia con sofocos y sudores,
con pérdida de memoria y terror a tomarme esas pastillas de Tranxilium
acompañadas de alcohol que me llevaría al estado de coma? ¿Imaginas lo que
supone para mí no poder concentrarme y perder la capacidad de realizar en
la vida lo único que sé desempeñar? ¿Comprendes que una persona sola,
encerrada con sus meditaciones negativas, estado por el que yo paso, es
mayor tortura que la de que le descuarticen a uno? ¿Imaginas lo que es
pensar, de modo resoluto, que la única liberación a estos estados de
degradación sea la muerte?
Después de lo que ha pasado entre nosotros, y que nosotros mismos hemos
llevado a unos extremos de delirio, ¿no cabe el perdón y la rehabilitación
como una segunda oportunidad?
Tú, Carmen, siempre has sido mucho más equilibrada que yo. Mucho más
ponderada y sacrificada. Sabías comprenderme porque me amabas. Y el amor
te daba fuerzas para luchar contra todo y contra todos. Yo, sin embargo,
siempre he sido más débil pese a mi rudeza externa; por dentro, en cambio,
fui torpe y no supe valorar tus sacrificios. Sí veía tu modo abnegado de
proceder, pero mis nervios y mis recuerdos sangrantes me impedían
responderte como tú te merecías. Una gran equivocación que estoy pagando
con la soledad, la angustia, las lágrimas y la indiferencia hacia lo
mundano.
Ahora, cuando te estoy escribiendo, me pesan las manos y los brazos; mis
ojos están llenos de lágrimas y no sé si podré aguantar mucho tiempo en
este estado. Es la depresión y el miedo. Pero no el miedo a la muerte, que
ese ya lo tengo asumido: es el miedo a morir solo, en una pobre cama y,
tal vez, con agonía lenta.
Me estoy obsesionando con la idea de la vida y la muerte. Sopeso
constantemente si merece vivir estúpidamente o irse de una maldita vez y
acabar con todo. ¿Qué se merecen los perdedores como yo? ¿A qué pueden
aspirar los desagradecidos y ciegos como quien esta carta desesperada
escribe? ¿Qué soy sin ti, que cuidabas constantemente de mi bienestar y a
mi lado estuviste desde un principio en los malos años? Nada, Carmen,
nada… Y no me importa reconocerlo públicamente, porque es la verdad y el
orgullo es tan innoble como la innobleza de no saber comprender a tus
bienhechores.
Creo que nunca he escrito con tanta franqueza. La realidad vista a través
del dolor más insoportable. Algunas noches me levanto y miro por si estás
en la otra cama, a mi lado. Esto es algo que nunca te confesé cuando
vivíamos juntos. Sí. En ocasiones, me despertaba y miraba si estabas cerca
de mí. Era la necesidad de ti, de saber que te tenía cerca, de que nos
teníamos pese a que hubiésemos discutido esa tarde o esa noche… Un
comportamiento tan extraño que sólo se le puede atribuir a unos seres que
se saben solos y sin más apoyos que el uno en el otro. Ahora, cuando veo
la habitación vacía, sudo copiosamente y grito: la angustia me mata
lentamente, como si hubiese cometido un execrable crimen o algo peor. ¿Tan
mal ser humano he sido, Carmen? ¿Merezco este castigo tan crudo como pueda
ser la locura o la muerte por barbitúricos, al no poder soportarlo? ¿Sabes
lo que es intentar hallar a alguien para pedirle apoyo y encontrar
únicamente la indiferencia o la sonrisa cruel?
¿VAS A CONSENTIR QUE ME VENZAN NUESTROS ENEMIGOS, DESPUÉS DE QUE ME VIERAN
REVIVIR CUANDO PERDIDO ESTUVE?
¿TÚ, AMOR MÍO, PRECISAMENTE TÚ, VAS A PERMITIR QUE ME ANIQUILEN, SABIENDO,
COMO LO HAS VIVIDO CONMIGO, QUE EL MAYOR PLACER DE MUCHOS, DE DEMASIADOS,
SERÍA VERME ACABADO O MUERTO?
Yo lo estaba haciendo bien, ¿verdad, Carmen? Siempre lo decías. Pues no:
yo lo estaba haciendo mal, muy mal. Porque no le estaba dando a mi
compañera de sufrimientos lo que ella más anhelaba: mi amor. ¡Qué
injusticias más dañinas para una mujer que todo me lo daba a cambio de
nada! ¡Y era yo, sí, el responsable! Pero no sabía lo que hacía… No. La
ceguera por levantar nuestra editorial y un marcado afán por lo material
me impedía discernir lo real de lo utópico. Ahora, cariño, sí que me doy
cuenta… Ahora, mi vida, cuando la vida mía ya vale muy poco, es cuando lo
comprendo en toda su dimensión más real y tangible. ¿ES POSIBLE EL PERDÓN?
Carmen, no tengo nada. Ni estímulo para seguir viviendo ni fuerzas para
levantar cabeza. Sólo tú puedes ayudarme. Sólo en ti puedo confiar.
Únicamente tú, cariño, puedes sacarme de este pozo sin fondo.
Pasan los días y deseo que pasen velozmente. Cada nuevo amanecer es un
cáncer. Y cada noche, un suplicio. Te necesito. Como cuando vivimos en
Burgos y teníamos confianza en el futuro. Yo, por entonces, reavivé mis
fuerzas. Y te veía como despedías al tren en el que yo partía para
regresar al maldito Valladolid. Y yo, alicaído, ya esperaba ansiosamente
que llegara pronto la semana siguiente para regresar a tu lado…
Me has cuidado bien. Muy bien. He tenido a la mujer más hermosa sin yo
verlo, imbécil de mí. Y ahora, en mi lenta agonía como un pez fuera del
agua, te reclamo a gritos… ¡TE NECESITO, AMOR MÍO! ¿DÓNDE ESTÁS? ¡NO ME
DEJES MORIR COMO A UN PERRO! ¡POR FAVOR!...
Volvamos a empezar de cero. O cásate conmigo. Seré un buen esposo y nos
cuidaremos mutuamente hasta el fin. Mi hijo me importa mucho menos que tú,
porque a mi hijo ya no le importa ni su madre. Le han acostumbrado a vivir
sin padre. Y así será para siempre. ¿Qué nos queda? Tu familia es mayor, y
algún día también se irán. ¿Por qué no ayudarnos mutuamente, ahora que
estamos a tiempo? ¿Por qué no vivir lo que hemos dejado por vivir? No es
tarde… Nunca es tarde para mejorar. Y ambos mejoraremos juntos. He
aprendido la lección. La he aprendido al tener la muerte tan cerca,
ronroneando constantemente en torno mío. Y, sobre todo, he aprendido a
darte la consideración que no te di en su momento.
Los mortales nos aferramos al mínimo gancho que nos saque del sopor
mortecino de la indiferencia y el desprecio. Ese fue otro error mío: no te
hice caso como mujer y, como sensible y sensitiva que eres, optaste por
engancharte a ese gancho. Pese a que no estoy en condiciones de decir nada
a este respecto, ya que yo no fui un ejemplo, opino que lo tuyo no tendría
ni futuro ni éxito. Hoy, del mismo modo que yo he cerrado un capítulo de
mi vida que no debió de abrirse por libros que por ello se vendiera, de
igual modo te digo que lo sinuoso o fuera de contexto es inapropiado para
una mujer como tú. Y digo para “una mujer como tú”, y no para otras.
No dejes de ser la dulce y entregada Carmen. Esa era una de las virtudes
que más adornaban tu persona. Una Carmen fiel, buena, entregada, leal y
bondadosa. Yo lo sé, de seguro, mejor que nadie. Y así te veré siempre,
pese a mis nervios destrozados y mis anhelos de partir cuando la angustia
oprima en demasía.
En tus manos está lo que quieras hacer. Yo nada te puedo pedir. En todo
caso, suplicar. Y te lo suplico: no me dejes caer después de lo mucho que,
juntos, hemos levantado. Yo sabré darte la felicidad que todo ser humano
se merece. La que sabes que puedo darte, sencillamente por ser lo que
eres: mi compañera.
Hasta pronto. No me falles.
Con mi cariño más entero,
Julio.
juan@fancyediciones.com
fancyediciones@wanadoo.es