Tienda

Manualidades


www.movilplay.com

juegos en java

melodias
imagenes
logos
todo lo que necesita tu móvil

 

aqui puedes:
chatear  
 navegar revista en linea
   
tour de la web
medir tu atractivo
ver blogs 
registrate gratis
 
 

investigacion de mercado

 
 
 
 


 

 

 
 

Índice de mensajes

CARTAS A MI AMADA

     

   “CARTAS A MI AMADA” (3ª PARTE), por Juan Julio de Abajo

 

 

Mi querida queridísima Carmen:

 

 

Cuando recibas esta carta, habré regresado de un viaje en el que habré resuelto un problema que debí finiquitar tiempo atrás. Es misión de la persona íntegra enfrentarse a los problemas y resolverlos. Yo estaré ahora muy por debajo de mi estado anímico, pero afronto y afrontaré mientras aliente lo que me acucie y deba resolver. Lo contrario, sería cobardía. Y yo estaré acabado y por los suelos, pero debo enfrentarme a lo que, malsanamente, enrareció mi tranquila y posible feliz vida en común con otro ser.

 

Yo, Carmen, podría expresarme en términos brillantes. Sabes que estoy cualificado para ello. Pero no es tiempo de lucir lo absurdas que pueden ser las palabras vacías de contenido real. Hoy, ahora, en el instante de escribirte, no puedo hacerlo con mayor humildad. La humildad que le confiere a un ser saberse hundido y destrozado moralmente. ¿Es preciso que te diga, conociéndome como me conoces, que estoy tan mal que me veo morir? ¿Es necesario que te cuente que, de modo machacón, la vida me invita a que la deje? Ya sabes que una vez traté de poner remedio a un sufrimiento insoportable. Ahora el sufrimiento es mayor, ya que la persona que me levantó, el ser que me alentó vida, que a mi lado estuviera para darme fuerzas, la mujer que calladamente me sacó del suicidio, está lejos de mí, sin querer responder a mis angustiosas llamadas de socorro.

 

¿Sabes lo que es soportar día a día una angustia con sofocos y sudores, con pérdida de memoria y terror a tomarme esas pastillas de Tranxilium acompañadas de alcohol que me llevaría al estado de coma? ¿Imaginas lo que supone para mí no poder concentrarme y perder la capacidad de realizar en la vida lo único que sé desempeñar? ¿Comprendes que una persona sola, encerrada con sus meditaciones negativas, estado por el que yo paso, es mayor tortura que la de que le descuarticen a uno? ¿Imaginas lo que es pensar, de modo resoluto, que la única liberación a estos estados de degradación sea la muerte?

 

Después de lo que ha pasado entre nosotros, y que nosotros mismos hemos llevado a unos extremos de delirio, ¿no cabe el perdón y la rehabilitación como una segunda oportunidad?

 

Tú, Carmen, siempre has sido mucho más equilibrada que yo. Mucho más ponderada y sacrificada. Sabías comprenderme porque me amabas. Y el amor te daba fuerzas para luchar contra todo y contra todos. Yo, sin embargo, siempre he sido más débil pese a mi rudeza externa; por dentro, en cambio, fui torpe y no supe valorar tus sacrificios. Sí veía tu modo abnegado de proceder, pero mis nervios y mis recuerdos sangrantes me impedían responderte como tú te merecías. Una gran equivocación que estoy pagando con la soledad, la angustia, las lágrimas y la indiferencia hacia lo mundano.

 

Ahora, cuando te estoy escribiendo, me pesan las manos y los brazos; mis ojos están llenos de lágrimas y no sé si podré aguantar mucho tiempo en este estado. Es la depresión y el miedo. Pero no el miedo a la muerte, que ese ya lo tengo asumido: es el miedo a morir solo, en una pobre cama y, tal vez, con agonía lenta.

 

Me estoy obsesionando con la idea de la vida y la muerte. Sopeso constantemente si merece vivir estúpidamente o irse de una maldita vez y acabar con todo. ¿Qué se merecen los perdedores como yo? ¿A qué pueden aspirar los desagradecidos y ciegos como quien esta carta desesperada escribe? ¿Qué soy sin ti, que cuidabas constantemente de mi bienestar y a mi lado estuviste desde un principio en los malos años? Nada, Carmen, nada… Y no me importa reconocerlo públicamente, porque es la verdad y el orgullo es tan innoble como la innobleza de no saber comprender a tus bienhechores.

 

Creo que nunca he escrito con tanta franqueza. La realidad vista a través del dolor más insoportable. Algunas noches me levanto y miro por si estás en la otra cama, a mi lado. Esto es algo que nunca te confesé cuando vivíamos juntos. Sí. En ocasiones, me despertaba y miraba si estabas cerca de mí. Era la necesidad de ti, de saber que te tenía cerca, de que nos teníamos pese a que hubiésemos discutido esa tarde o esa noche… Un comportamiento tan extraño que sólo se le puede atribuir a unos seres que se saben solos y sin más apoyos que el uno en el otro. Ahora, cuando veo la habitación vacía, sudo copiosamente y grito: la angustia me mata lentamente, como si hubiese cometido un execrable crimen o algo peor. ¿Tan mal ser humano he sido, Carmen? ¿Merezco este castigo tan crudo como pueda ser la locura o la muerte por barbitúricos, al no poder soportarlo? ¿Sabes lo que es intentar hallar a alguien para pedirle apoyo y encontrar únicamente la indiferencia o la sonrisa cruel?

 

¿VAS A CONSENTIR QUE ME VENZAN NUESTROS ENEMIGOS, DESPUÉS DE QUE ME VIERAN REVIVIR CUANDO PERDIDO ESTUVE?

 

¿TÚ, AMOR MÍO, PRECISAMENTE TÚ, VAS A PERMITIR QUE ME ANIQUILEN, SABIENDO, COMO LO HAS VIVIDO CONMIGO, QUE EL MAYOR PLACER DE MUCHOS, DE DEMASIADOS, SERÍA VERME ACABADO O MUERTO?

 

Yo lo estaba haciendo bien, ¿verdad, Carmen? Siempre lo decías. Pues no: yo lo estaba haciendo mal, muy mal. Porque no le estaba dando a mi compañera de sufrimientos lo que ella más anhelaba: mi amor. ¡Qué injusticias más dañinas para una mujer que todo me lo daba a cambio de nada! ¡Y era yo, sí, el responsable! Pero no sabía lo que hacía… No. La ceguera por levantar nuestra editorial y un marcado afán por lo material me impedía discernir lo real de lo utópico. Ahora, cariño, sí que me doy cuenta… Ahora, mi vida, cuando la vida mía ya vale muy poco, es cuando lo comprendo en toda su dimensión más real y tangible. ¿ES POSIBLE EL PERDÓN?

 

Carmen, no tengo nada. Ni estímulo para seguir viviendo ni fuerzas para levantar cabeza. Sólo tú puedes ayudarme. Sólo en ti puedo confiar. Únicamente tú, cariño, puedes sacarme de este pozo sin fondo.

 

Pasan los días y deseo que pasen velozmente. Cada nuevo amanecer es un cáncer. Y cada noche, un suplicio. Te necesito. Como cuando vivimos en Burgos y teníamos confianza en el futuro. Yo, por entonces, reavivé mis fuerzas. Y te veía como despedías al tren en el que yo partía para regresar al maldito Valladolid. Y yo, alicaído, ya esperaba ansiosamente que llegara pronto la semana siguiente para regresar a tu lado…

 

Me has cuidado bien. Muy bien. He tenido a la mujer más hermosa sin yo verlo, imbécil de mí. Y ahora, en mi lenta agonía como un pez fuera del agua, te reclamo a gritos… ¡TE NECESITO, AMOR MÍO! ¿DÓNDE ESTÁS? ¡NO ME DEJES MORIR COMO A UN PERRO! ¡POR FAVOR!...

 

Volvamos a empezar de cero. O cásate conmigo. Seré un buen esposo y nos cuidaremos mutuamente hasta el fin. Mi hijo me importa mucho menos que tú, porque a mi hijo ya no le importa ni su madre. Le han acostumbrado a vivir sin padre. Y así será para siempre. ¿Qué nos queda? Tu familia es mayor, y algún día también se irán. ¿Por qué no ayudarnos mutuamente, ahora que estamos a tiempo? ¿Por qué no vivir lo que hemos dejado por vivir? No es tarde… Nunca es tarde para mejorar. Y ambos mejoraremos juntos. He aprendido la lección. La he aprendido al tener la muerte tan cerca, ronroneando constantemente en torno mío. Y, sobre todo, he aprendido a darte la consideración que no te di en su momento.

 

Los mortales nos aferramos al mínimo gancho que nos saque del sopor mortecino de la indiferencia y el desprecio. Ese fue otro error mío: no te hice caso como mujer y, como sensible y sensitiva que eres, optaste por engancharte a ese gancho. Pese a que no estoy en condiciones de decir nada a este respecto, ya que yo no fui un ejemplo, opino que lo tuyo no tendría ni futuro ni éxito. Hoy, del mismo modo que yo he cerrado un capítulo de mi vida que no debió de abrirse por libros que por ello se vendiera, de igual modo te digo que lo sinuoso o fuera de contexto es inapropiado para una mujer como tú. Y digo para “una mujer como tú”, y no para otras.

 

No dejes de ser la dulce y entregada Carmen. Esa era una de las virtudes que más adornaban tu persona. Una Carmen fiel, buena, entregada, leal y bondadosa. Yo lo sé, de seguro, mejor que nadie. Y así te veré siempre, pese a mis nervios destrozados y mis anhelos de partir cuando la angustia oprima en demasía.

 

En tus manos está lo que quieras hacer. Yo nada te puedo pedir. En todo caso, suplicar. Y te lo suplico: no me dejes caer después de lo mucho que, juntos, hemos levantado. Yo sabré darte la felicidad que todo ser humano se merece. La que sabes que puedo darte, sencillamente por ser lo que eres: mi compañera.

 

 

 

Hasta pronto. No me falles.

 

 

 

Con mi cariño más entero,

 

 

 

Julio.

juan@fancyediciones.com

fancyediciones@wanadoo.es

 

 

 

ENVÍA ESTA PÁGINA A UN AMIGO
Indica su e-mail:

 

secciones web
home
noticias
mensajes
poemas
biografias
canal motor
lo + nuevo
chistes
anuncios
servicios
tienda
libro visitas
servicios web
foro
postales

links interesantes

 

 

 

Si deseas recibir en tu e-mail el boletín con las actualizaciones, registrate aqui

 

 
 
 

Número de Usuarios: online


 

"La web de la mujer actual" - ©- MMB - Barcelona - España