“CARTAS
A MI AMADA” (4ª PARTE), por Juan Julio de Abajo
Mi querida
Carmen:
Siento una
extraña sensación a la hora de escribirte esta carta. No sé… Como si
fueran muchos los años que no te veo. Como si no hubiese tenido intimidad
con tu persona. Una extraña sensación…
Presiento que
mi vida va a ser corta y marcada por el fatalismo. La felicidad no va
emparejada conmigo ni compañera de camino es. La desdicha, la apatía y la
dejadez se van adueñando de mi sensible y destrozada persona. Quizás lo
más deseable fuera acabar pronto y sin estridencias. Total, ¿qué me queda?
¿A qué puedo aferrarme?
En mi torpeza
por situarme en la vida, no supe darte lo que tanto me pediste: “Yo sólo
quiero que me quieras.” Tu pretensión era lógica. Todos los seres
necesitamos ser amados, sentir que nos comprenden, respirar vida de amor…
Yo no lo supe ver entonces. Perdón.
En el estado en
que me encuentro, sé que pronto partiré hacia las zonas azules de lo
desconocido. Allí, de seguro, hallaré la paz tan anhelada. No me queda
otra salida. Este viaje será mi último viaje. No tengo ya fuerzas ni edad
para luchar más. Estoy vencido. Mi estado anímico reclama a gritos un
final reparador.
Yo no soy digno
de juzgar a nadie. Mi persona no es la más indicada para juzgar a otro
semejante. No seré yo, desdichado de mí, quien opine si tu postura es
buena o mala. Los humanos nos aferramos a lo que nos da un átomo de
ilusión, aunque yo lo llamara, hace años, “La Esperanza”. De aquello, soy
consciente de ello, no queda ni el recuerdo.
La vida se ha
cebado en mí. Cuando pase tiempo, y ya tarde como siempre, surgirán los
arrepentimientos y los sinsabores. Ya será tarde. Cometemos de continuo
los mismos errores. Somos débiles. O no somos nada.
Tengo el dinero
justo para vivir un año. Mis fuerzas son pocas y a mi lado no hay nadie.
Ni mi hijo. Ya pasé por este estado años atrás. No podré soportarlo otra
vez.
Sé fuerte.
Vuelve al Instituto y demuestra que eres una gran profesional. Nadie te ha
regalado nada y debes cumplir con tu deber de mujer destinada a la
enseñanza. Te preparaste para tal cometido y es tu obligación desempeñarlo
con ejemplaridad. Nada engrandece más que el deber cumplido. Enseña al que
no sabe y no mires hacia derecha ni izquierda. Los “otros” no cuentan;
cuentan tus alumnos, que serán los hombres del mañana. Hombres que harán
de sus vidas mucho más de lo que yo hiciera con la mía. Esa es la misión
del educador: preparar el camino a las generaciones venideras, para que no
tengan que arrepentirse cuando sean adultos. Adultos destrozados como yo,
por no saber discernir lo ejemplar de lo fatuo.
¿Resultaría
absurdo decirte que te añoro? Si te suena a ridículo, olvídalo. Soy tan
débil como una espiga azotada por un vendaval. El vendaval de un mundo
insensible y demoledor.
Gracias por tus
bondades. Y por tu amor. No te aflijas: yo lo hago por los dos.
Un cálido
abrazo de tu amigo,
JULIO.
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