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    MILAGRO EN UNA NOCHE DESESPERADA

                                              Por MIGUEL ANGEL
elric39@hotmail.com

   Érase que se era un hombre normal, sentando en un simple bar, tomando una monótona copa que apenas saboreaba, porque hasta su sentido del sabor estaba explorando su alma ya cansada no porque fuese viejo, puesto que rondaba los 40 años. Sin embargo, parecía que había bebido la vida demasiado deprisa y ya no le quedaba más que rutina.

   Acababa de salir del trabajo y allí estaba, sentado en un ceremonial, monótono y diario. En su casa le esperaba su mujer, una mujer que solo le amaba ya por inercia, por que sin darse cuenta la ilusión de la juventud voló, se fue silenciosa por la ventana, como un ladrón. No es que se llevasen mal, ni que peleasen a menudo, por el contrario, había respeto, quizá demasiado, un respeto sin pasión, y eso le asfixiaba. Incluso sabia lo que iba a decirle su mujer, un simple "Hola, amor" o la típica pregunta de como había ido el día para después servirle la cena con una sonrisa.

   Tomó un cigarrillo entre sus dedos y aspiro una profunda bocanada mientras cerraba los ojos,"Si al menos tuviese un hijo...”.Un hijo, que llenase su casa de risas, de gritos, de ilusión. Un hijo nacido de su amor por su mujer. Pero aquel doctor, con esa frialdad que a veces raya en lo inhumano, resonaban en sus sienes:"Su mujer no puede tener hijos, lo siento"

"Lo siento", que sabia ese medicucho de lo que ellos sentían. Había sentenciado su amor con esas dos palabras."Lo siento"... que sabia él lo que significaban esas palabras. Desde ese día el amor se fue muriendo, evaporándose poco a poco, ganando terreno la rutina y la tristeza callada, quedaban zarpazos salvajes en sus almas.

    El cigarrillo se había consumido, casi quemando sus dedos, pero tampoco habría importado demasiado, ni siquiera lo hubiese notado, estaba vació y ya ningún dolor podía sentir su alma. Un inesperado ruido hizo que despertara de su Limbo particular, en la acera de enfrente había un contenedor de basura, vio una deformada silueta femenina salir corriendo desesperadamente. Nunca supo porque se levanto, fue un impulso inconsciente, y salió corriendo hacia el contenedor. De allí salían ruidos extraños, su corazón empezó a acelerarse, a bombear con una prisa desconocida, hacia tanto tiempo que su corazón estaba dormido que incluso se asustó al sentirlo. Sus manos temblaban, estaba junto al contenedor, ahora si distinguía ese sonido, "Dios santo, pensó, el sonido que tanto había soñado, ese sonido que su alma y la de su mujer añoraban, el sonido que su casa reclamaba a gritos".

    Pasó sus manos por su cara intentando tranquilizarse, luego, conteniendo la respiración, rezando a Dios que no fuese una burla o una puta pesadilla, introdujo las manos. Tocó un pequeño bulto, un cuerpo blando que se agitaba asustado, sollozando, pidiendo ayuda con su llanto, estaba desnudo e indefenso...

    Lo cogió, primero con miedo, miedo a que se le fuera a caer... miedo a todo. Su carita llorosa le miro, con ojos inocentes. El lo abrazó contra su pecho con toda delicadeza, ahora no solo lloraba el bebé, si no que él mismo lloraba como otro niño. Sus lágrimas resbalaban por su rostro, lágrimas contenidas en su interior por mucho tiempo.

    Se sentó en la acera, porque hasta sus piernas temblaban de emoción. Pensó en esa mujer sin alma que había abandonado a su propia carne. ¿Como podía haber mujeres así, mientras su mujer se había muerto por dentro por no poder tener un pedacito de carne como ese?, bautizado con amor, con el amor que le unió a su pareja, con el amor que murió con las mecánicas palabras de aquel doctor. Pero no, no podía renegar de aquella madre, porque si bien había abandonado a su hijo, a él le había dado la vida, una vida hasta ese momento muerta y sonámbula. Se quito la cazadora y envolvió aquél frágil cuerpo, el niño, al sentir su calor dejó de llorar y él, con labios temblorosos, besó su frente, sus lágrimas aún marcaban sus mejillas...

    "Vamonos a casa, hijo mío", pronunció su voz con todo su cariño. Un cariño que había guardado durante años en sus entrañas, un cariño que él pensó que había muerto en el fondo de su alma. Y pensó en su esposa, aquella mujer de la que se enamoró locamente, como un milagro y por un segundo recordó ese amor, vivió esa ilusión reflejada en sus miradas de novios, esa pasión que alimentaba sus días.

    Montó en su coche, arrancó y, mirando a su hijo, por que ya era su hijo, acaricio su tierna manita, y le preguntó: ¿Quieres conocer a tu madre?, el niño pareció entenderle y sonrió; aliviando con esa sonrisa el alma de los dos, y así, padre e hijo fueron a su casa, en una mágica noche.

 

  FIN   

Septiembre 2003

 

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