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"El nacimiento de una esperanza"

Hacia un
calor insoportable, se hallaba en un país desconocido luchando por una
causa que no entendía bien. Solo obedecía órdenes, quería pensar que era
por el bien de su patria, que aquellos muertos, niños y mujeres incluidos,
aquellos sueños destrozados por metrallas eran justificados.
Vio un
niño parado frente al cuerpo de su madre tendida en el suelo, no lloraba
apenas tenia 5 años, sus ojos asombrados y llenos de terror miraba a su
madre esperando que se levantara y le abrazara como todas las mañanas.
Pero aquel amanecer la huesuda muerte se había paseado sembrando su amarga
cosecha. El soldado se agacho para coger al niño y retirarlo de aquella
escena dantesca pero la mirada de pavor del chico mirando su fusil le
aterrorizo y por primera vez en su vida sintió vergüenza de su arma,
aquella arma que meses atrás llevaban orgulloso sobre su hombro jurando
ante su bandera defender su país. Pero en aquel país, tan lejos de su
casa, tragando el polvo del desierto, ya no sabia si realmente defendía su
pueblo, era un peón político o un miembro de los jinetes del Apocalipsis.
Unos
metros de allí un capitán, envuelto en su fanfarria patriota, daba ordenes
al fotógrafo del pelotón para que le hiciera una foto dándole unos
caramelos a unos niños aterrados, huérfanos por sus amas. Fue en ese
momento y de un modo repentino cuando una fuerte explosión, alcahuete de
la muerte, destrono el tenso silencio que reinaba, el polvo se mezclo con
sangre y los gritos en miradas de terror. Nuestro soldado cayo al suelo
con el pecho destrozado, dos compañeros le arrastraron como pudo en medio
de la confusión al campamento sanitario, los médicos se miraron
negativamente le pusieron un calmante y dejaron que su vida se evaporase
de todo. En la mente del soldado seria el rostro de aquel niño, pero esta
vez era el niño quien ser acercaba a el con una sonrisa tocándole su
frente sudorosa sentenciada por la ciencia. Y con ojos sorprendidos, ahora
era él el asombrado, vio como la cara del niño se difuminaba, se
transformaba en otros rasgos más finos, más suaves, sus ojos pasaron de
negros a azules lentamente y su pelo se alargo cambiando también su color
negro al rubio, la metamorfosis se habría producido como un dulce sueño,
pero no lo era. El soldado sabia que aquella hermosa niña era real no un
delirio de su mente, hasta distinguió en aquellos ojos la mirada de su
esposa, la mujer que la esperaba en su casa con su inmenso amor. La
compañera que le había entregado su vida sin quejas, resignada siempre a
su destino como militar. La niña beso su rostro con sus ojitos llenos de
lágrimas.
-Papá te
quiero, soy Lucy, no te mueras por favor. Quiero vivir. Dame la esperanza
de la vida.
Después
aquella figura angelical se fue esfumándose lentamente mientras un sueño
profundo invadió al soldado.
Meses
después un general con su sonrisa oficial le imponía una medalla por su
valentía en el combate. Al salir del despacho de su superior el soldado
tiro la medalla a un cubo de basura y fue corriendo a su casa. Allí la
mujer le abrazo y le beso con el corazón en los labios para decirle
después “vamos al tener un hijo”. Él sonrió estrechándola más fuerte en
sus brazos “lo sabía amor y va a ser una niña rubia preciosa” le contesto.
A los
nueves meses nació Lucy justo cuando el soldado presentaba su baja del
ejercito ante el general, esta vez era el general el que estaba serio
mirándole como un apestado mientras que él sonreía sintiéndose liberado.
Había escogido el camino de la esperanza.
Miguel Ángel
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