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SUSANA Y EL MAR

Tras varias horas de viaje el coche paró
frente a un bloque de pisos. Cerca se oía el rumor del mar. Del vehículo
salieron tres jóvenes sonrientes, llenando con la juventud de sus risas el
aire marítimo del pueblo. Juntas habían alquilado un apartamento para
pasar una semana “de juerga, sol y sexo” como decía (una de ellas,)
Carmen, la más alocada de las tres amigas.
El caso es que eran tres chicas con la
edad de beberse la vida en un segundo sin mirar el futuro, este ya se
encargaría después de córtales las alas. Ahora eran libres y sin
obligaciones y así lo demostraron apeándose del vehículo como unos
torbellinos. Subieron las pesadas maletas al piso, llevaban ropa para un
mes por lo menos:
- ¿chicas no os habéis pasado con los
vestidos? – dijo Susana, la más joven de las tres amigas
- no, una mujer debe esta preparada para
cada ocasión - le respondieron sus compañeras riendo.
Susana meneo la cabeza. ….
- están como cabras, pensó, pero son mis
mejores amigas –
... y se unió a las risas.
El apartamento era pequeño, dos
dormitorios, una cocina que parecía de juguete y una especie de diminuta
salita con un pequeño balcón con vistas al mar.
Habían ahorrado todo un año para esas
cuatro habitaciones, un poco caro pero el dinero no les importaba, iban a
dispuestas a disfrutar esa semana a tope. Susana abrió el balcón y se
hecho sobre la barandilla. Su rubio y largo cabello, se le vino a la cara
y por efecto de la brisa que corría se le pego a la mejilla como una
caricia, ella entonces apartó su pelo con suavidad. Y por primera vez se
fijo en el mar, azul, rizado por pequeñas olas, hermoso. De pronto y pese
a las altas temperaturas Susana experimento un escalofrío que paralizo su
cuerpo, su piel se erizo y se abrazó los brazos sin poner dejar de
observar el mar, un extraño presentimiento recorrió su espalda empapándola
de un sudor frío. Maldita sea, ¿Qué le estaba pasando? quizás se estaba
volviendo loca pero tuvo la sensación de que el mar la esperaba.
-¿Pero que haces Susana? Apresúrate, no
tenemos todo el día.
La voz de Carmen la despertó del trance y
se dirigió a su dormitorio olvidando lo sentido. De entre su maleta busco
su bikini favorito. Abrió el armario y frente al espejo, de cuerpo entero,
se quito la camiseta, el sujetador y los pantalones. Por unos momentos
observo su piel blanca y rosada, sus senos altivos y vivos, sus perfectas
caderas curvando su cuerpo y terminando en sus muslos tersos y bien
formados. Susana sonrió, tenía 23 años y se sentía muy a gusto consigo
misma. Sin pensarlo más se puso el bikini y las tres amigas se fueron a
tomar el sol en la playa. Aunque sus blancos cuerpos irradiaban belleza y
frescura necesitaba ponerse morenas ¿sino para que habían ido a la playa?
Era un pueblo costero de forma
alargada que se extendía armoniosamente bajo las faldas de una montaña,
como una mimosa madre. Blanco como todos los pueblos de Andalucía,
alternando sus casas antiguas, pocas ya, junto con las modernas
urbanizaciones y hotelitos, sin embargo, esta mezcla de antigüedad y
modernidad no creaba ningún anacronismo estético, lo contrario, el buen
observador podía apreciar las huellas de un pueblo que sin querer perder
sus raíces apostaba por el futuro. Algo natural si tenemos en cuenta que
los lugareños vivía principalmente del turismo, aunque todavía quedaban
algunos pescadores que se resistían a dejar las raíces de su sangre y
salían con sus pequeñas embarcaciones al mar, sus luces en el horizonte
del océano parecían flotar y mecerse con las olas. El panorama era
simplemente embrujador.
Las tres amigas se encontraban tumbadas
en esterillas en la playa cerca de la orilla. Susana, estirada a lo largo
y con una rodilla levemente levantada y con el rostro tapado por un
hermoso pañuelo de playa, dejaba que los brazos de fuego del sol
acariciasen toda su piel. Sus manos jugueteaban tocando la fina arena de
un color amarillo dorado, que se escurría entre sus dedos dejando entre
ellos su huella caliente de siglos. A Susana le parecía estar en el
paraíso.
Marta y Carmen se hallaban echadas de
espaldas al sol a ambos lados de Susana espiando posibilidades mientras le
tostaban el sol.
-Mirad chicas que bombón- dijo carmen
bajándose las gafas de sol
-Demasiado perfecto o es gay o ya alguna
le puso el semáforo en rojo- le contesto Marta
Susana se volteó y miró hacia el objetivo
marcado por sus amigas. Un chico moreno de cuerpo musculoso, a ella le
pareció que estaba hinchado por un fuelle y parecía demasiado
presuntuoso.
-¿No tiene el paquete chico como los
gnomos? – dijo, y las tres rompieron en sonoras carcajadas
-Ya salio la aguafiestas
-Marta ¿no crees que Susana necesita
remojarse su cosita? – dijo con fingida malicia
-ah noooooooooooo – protesto Susana
incorporándose demasiado tarde
Las dos amigas ya la tenían sujeta por
los brazos y sin pensárselo corrieron hacia el mar arrastrando a Susana,
sus jóvenes cuerpos chocaron con las olas y nadaron alejándose un poco de
la orilla. El agua les cubría hasta el cuello y las tres muchachas
experimentaron su agradable frescor. Pronto empezaron a chapotear el agua,
echándosela una a la otra a la cara entre risas. Eran como tres sirenas
jugando alegres en el mar, zambulléndose haciéndose ahogadillas, nadando
con la elegancia de los peces. Desprendían tanta felicidad que contagiaron
al mismo océano, que también se sumo a sus juegos con sus oscilantes olas.
Susana estaba disfrutando con sus amigas
de lo lindo cuando sintió algo especial, era difícil de explicar, como si
dos manos invisibles acariciasen con una suavidad delicada sus piernas.
Susan miro a sus compañeras por si era alguna de sus bromas, pero estas
en aquel momento se encontraban alejadas de ella disfrutando del agua;
además no era un tacto normal de manos humanas, más bien era una corriente
de agua presionando sus piernas erizando su piel en una dulce y excitante
sensación. Susana se dejo llevar por aquel abismo de sensualidad,
estirando sus brazos en cruz y echando la cabeza hacia atrás sumergiéndola
casi completamente en el agua y cerrando los ojos. El movimiento
ondulatorio de una ola acaricio sus mejillas, sintiendo un rumor casi
imperceptible que susurraba su nombre; en una tonalidad exquisita
totalmente desconocida por ella. Lo más raro es que Susana no se asusto y
aunque se estremeció no fue precisamente de terror, al contrario, jamás se
sintió tan a gusto como en esos momentos. Cuando abrió los ojos, sus
amigas ya estaban a su lado jugando las tres de nuevo. Salieron de mar con
los rostros felices y cargadas las ilusiones. Los ojos de Susana habían
adquirido un brillo especial.
Estaban secándose cada una en su toalla,
la de Carmen tenia un gigantesco Mickey “es mi mejor amante” solía decir
riendo, la de Marta estaba llena de flores, Marta era apasionada de los
perfumes y por ultimo en la toalla de Susana se dibujaba un hermoso
delfín. Era la toalla más polémica y la que provocaba hilaridad entre sus
dos amigas Susana se defendía, aguantando la risa, diciendo que le gustaba
porque los animales eran mejores que los hombres, entonces bromeaba Carmen
contestándole que su amiga necesitaba una buena orgía para ver si así se
le iban los animalitos de la cabeza y las tres terminaban en inocentes
risotadas. Se conocían desde el colegio cuando eran mocosas y nunca
desde entonces se separaron. Como tres mosqueteras vivían bajo el lema
todas para una y una para todas y la verdad es que nunca se habían
fallado.
De pronto un ruido las hizo mirar hacia
el cielo, era una avioneta con un anuncio en la cola “discoteca Alhambra
les invita esta noche a un especial de música salsa”
-Chicas eso va por nosotras- dijo Marta.
-Ya tenemos plan para esta noche –
respondió Carmen
Y llego el plan. Alhambra pese a ser una
discoteca playera estaba muy bien, un local con el suelo tapizado en rojo
y las paredes azules con motivos árabes rodeado de mesas y pequeñas
rinconeras marrones en lugar de sillas. Cada dos mesas se erigían
orgullosas columnas moriscas, en el centro estaba la pista de baile
enfocada con múltiples rayos láser que deformaban con su luz los rostros
de los danzantes. Al otro lado se extendía a lo largo un gran mostrador.
La música llenaba con fuerza todo el local. Sí, era una bonita discoteca.
Carmen, Marta y Susana llegaron sobre las
12 al local, observaron la entrada con formas de arcos grabados en letras
moras. Alrededor de la entrada se arremolinaban un corrillo de
adolescentes, que no pudiendo pagar la entrada y se conformaba con
escuchar la música que salía de la discoteca. Algunos estaban sentados en
los bancos del paseo marítimos y otros de pie con las bebidas en las
manos, hablando animadamente. Cuando las tres amigas cruzaron la puerta de
entrada de la discoteca, se quedaron impresionadas por el local. Se
sentaron y pidieron unas bebidas. El ambiente era muy bueno, la pista
estaba llenas de cuerpos bailando y hablando un lenguaje corporal secreto
y hermoso. La música, bien fuerte, impedía pensar y hacia que las mentes
se olvidaran de lo sucedido durante el día para que se entregasen a
la magia de sus notas.
Carmen llevaba un conjunto rosa minúsculo
que resaltaba sus bellos muslos desnudos y el color café crema de sus
ojos, su cabello rubio le caía como una cascada sobre sus hombros. Marta
lucia un vestido verde más largo que Carmen pero no menos seductor, puesto
que su generoso escolte apenas dejaba a la imaginación las firmes formas
de sus pechos, sus ojos eran castaños y sus labios gruesos y sensuales.
Pero la más hermosa de las tres era Susana. Susan se puso un top blanco
dejando al descubierto su moreno vientre, estrecho y bello. Sus pantalones
vaqueros no le restaban belleza, todo lo contrario, se ajustaban como un
guante a su piel marcando la silueta de sus piernas, sus muslos y
sus prietas nalgas. Sus ojos azules brillaban serenos y sus labios
medianos, ni finos ni gruesos, dibujaban un perfecto corazón, cuando los
entreabría eran tremendamente provocadores. Nadie que viese a Susana podía
quedase impasible antes la extraordinaria hermosura que la naturaleza le
había otorgado.
Como prueba de la belleza de Susana,
estaba el hecho de tardar poco más de media hora en cumplir con el ritual
femenino de arreglarse mientras sus compañeras tardaban dos horas.
Simplemente la vida le había dado su pintura natural.
Pronto, como era de esperar, no le
faltaron chicos para bailar entre abrazos, caricias disimuladas y besos
robados a las chicas, que se dejaban que se los robasen con gusto. Fue una
noche inolvidable, risas, bailes, bebidas que hacían chispear los
ojos y coqueteos con los chicos. Todo envuelto en una música que las
llevaba a otra dimensión, donde sus sentidos se liberaban y sus cuerpos se
movían con locura; en una plena felicidad. Tras 4 horas de agotadora
marcha abandonaron la discoteca Alhambra. Carmen y Marta salían con dos
chicos guapos y agradables que no soltaban sus cinturas. Susana pese no
haber parado de coquetear y de besar como sus compañeras salía sola.
A Susana no se le podía ligar tan
fácilmente, esto no hacia de menos a sus compañeras, ellas hacían bien en
vivir la vida plenamente. Simplemente Susana era distinta.
Para ella la vida no era una cadena de
ligues en un rosario de orgasmos. Por supuesto que había
tenido relaciones con varios chicos, no era virgen ni santa, ni tampoco
deseaba serlo. Pero a pesar de que algunos de esos chicos la habían hecho
disfrutar plenamente como mujer, siempre le quedaba una sensación de
vacío. Estaba segura que tanto en el amor como en el sexo tenia que haber
algo que aun ella desconocía, algo divino por descubrir y experimentar.
Por descontado que sus amigas tampoco lo habían vivido, es más, ni
se lo planteaban siquiera.
Carmen decía que era una tonta soñadora y
que la vida real era otra cosa distinta a los libros románticos o de
poesía que leía Susana. Quizás tuviese razón.
Se despidieron por un rato. Carmen y
Marta se perdieron por el paseo marítimo con sus parejas mientras Susana
se dirigió hacia el mar, le apetecía caminar descalza por la orilla. Hacia
una noche fabulosa. La Luna estaba llena y acariciaba al mar con sus
brazos de plata. Iluminando un sendero de amor en su cuerpo de agua, el
mar rugía con calma en un místico murmullo de eterno amante. Las estrellas
resplandecían guiñando como miles de diminutos ojos en el silencioso y
oscuro cielo y el viento moldeaba su silueta con respeta adoración y
veneración. En el horizonte, unas luces amarillas hablaban de unos
pescadores que vivían en armonía con el mar sacando de su vientre
los frutos de sus sustentos. Las olas lamían los pies de Susana, ésta
aspiró fuertemente llenando sus pulmones de la magia de aquella noche.
Susana se arrodillo sin importarle
mojarse los pantalones. Cerró los ojos y pensó en lo experimentado en el
baño de la mañana, las imágenes le vinieron de golpe y las sensaciones
cobraron vida de nuevo en su mente. Es curioso, durante todo el día no
había pensado en lo sucedido. Ahora se hallaba en trance, en paz, en una
felicidad que le calaba los huesos. Lentamente, con sus sentidos
entregados a la magia de la noche, se despojo del top, los pantalones y
las braguitas. La luna baño su desnudez marcándola en cada centímetro de
aquel hermoso cuerpo con su luz de nácar. Hasta el viento ruborizado se
paralizo respetuosamente. Susana con la cabeza alta y su cabello suelto y
ondulante, se fue metiendo en el mar. Las olas enloquecidas de deseo
chocaban contra sus piernas para subir con sus caricias por sus muslos,
por su sexo, por su vientre. Susan nado un rato mar adentro sintiendo como
el agua la envolvía. El mar transformó sus murmullos en leves jadeos,
ella, como ya hiciera en la mañana se volvió, extendió los brazos y
cerrando los ojos inclinó hacia abajo la cabeza. Las ondulaciones de las
olas acariciaban su rostro, su cuello y su boca, en besos frescos,
húmedos y apasionados. La esperada presión apareció recorriendo su cuerpo
lentamente con una maestría jamás sentida por Susana. Esta dejó escapar de
sus temblorosos labios un leve gemido nacido de lo más profundo de su ser.
Y Susan terminó de hundirse en un laberinto de caricias de agua, de besos
húmedos de labios invisibles, y de susurros de olas pronunciando su
nombre. Sus poros se abrieron y su piel excitada se estremecía con
aquellas sensaciones. El mar la estaba poseyendo con dulzura pero con la
experta fuerza para hacerla sentir mujer en toda su femenina naturaleza.
No supo cuanto tiempo estuvo en ese estado, ni como llego a la orilla,
pero allí estaba cara a la arena, desnuda. Aun tenía su respiración
agitada haciendo mover con rapidez sus endurecidos senos. De nuevo se
arrodilló, en esta ocasión totalmente mojada y con sus mejillas llenas de
gotas de agua que resbalaban como húmedos besos, pero ahora aquellas gotas
se mezclaban con sus lágrimas, unas lágrimas nacidas de su felicidad y sus
más profundas emociones. Esta vez no hubo sensación de vacío. Cansada y
satisfecha Susana se recostó sobre la arena y se durmió mientras el mar le
seguía susurrando su nombre y la Luna conmovida le cubría con su manto de
plata.
- ¡Susana por Dios que te pasa, no me
asustes cielo!
Susana se despertó y vio a Carmen que la
abrazaba con lágrimas en los ojos. Susan sonrío con un esplendor que
emocionó a su amiga.
-Estoy bien, no te preocupes cariño, me
bañe y del cansancio me quede dormida.
-¡Marta, esta aquí!
Las dos amigas en vista de la tardanza de
su compañera empezaron a buscarla y cuando Carmen la vio desnuda e inmóvil
sobre la arena se le encogió el corazón pasándole por su mente mil
fatalidades. Las tres se abrazaron con un cariño que perdurarían todas sus
vidas. Susana calló lo sucedido porque sabía que sus amigas nunca lo
comprenderían, - sería un sueño Susana- le dirían, pero no fue un
sueño. Desde esa noche no volvió a ser la misma, su hermosura se
multiplicó y su mirada cobró una paz, una felicidad y una fuerza que
convirtieron a Susana en una autentica diosa.
La semana pasó como si tuviera alas.
Fiestas, baños, alegría desbordante. Y los misteriosos baños nocturnos de
Susana, a los que llegaron acostumbrarse sus amigas. Estas consolidaron
sus relaciones con los chicos y la aventura se transformo en sus destinos.
Y así, llego el día de la despedida.
Susana abandono su sueño con los toques de la campana de la iglesia,
aquella mañana sus tañidos le sonaron tristes. Se vistió melancólica.
Cuando vio a sus amigas, noto que ellas también sentían lo mismo. Apenas
hablaron, no había necesidad, el silencio reinante y sus semblantes lo
decían todo. Las tres recordaron como siete días atrás, subieron alegres
y con entusiasmo las maletas. Ahora las bajaban apenadas, sabiendo que
algo muy importante de sus vidas se quedaba en aquel lugar.
Carmen y Marta se abrazaron a sus parejas
llorando. Mientras se despedían Susana se alejó y se fue hacia el mar,
éste lucia un color azul oscuro y Susana presintió su tristeza. Las olas
se alargaron para besar por última vez los pies de ella mientras le
susurraban su nombre con una suavidad que quebró el alma a Susana. Sus
lágrimas rodaron por sus mejillas, una brisa surgida de la nada acaricio
su rostro secando sus lágrimas. Comprendió que el mar, su amante, no
quería verla llorar. Pero en aquella playa, en aquel mar y sobre esa arena
Susana había abandonado sus últimos vestigios de inocencia. El mar, su mar
le había trasformado en una mujer completa de cuerpo y alma. Se volvió
para que su amor no la viera llorar de nuevo y se alejo con el corazón
adormecido.
EPILOGO
Carmen
se caso con el chico que había conocido en aquel verano y ejerció como
profesora de instituto. Llegando a tener “enanos”
Como cariñosamente le llamaban y fue
feliz. Recordando sus correrías juveniles con risas y un poco de nostalgia
pero nunca con tristeza.
Marta también se caso con aquel chico que
conoció en la playa. Sus ideas solidarias le contagiaron y ambos se fueron
como voluntarios a la India como miembros de una ONG.
Susana se convirtió en fotógrafa
profesional recorriendo el mundo plasmando con su cámara toda su belleza.
Fue la mejor en su oficio. En uno de sus viajes conoció a un intrépido
periodista de quien se enamoro profundamente. En la actualidad viven
juntos protegidos por un inmenso amor. Un amor que Susana entregaba sin
reservas tal y como ella había aprendido en aquella semana. Aunque nunca
volvió al lugar donde había veraneado jamás olvido el mar. Pero su
espíritu, su suave rumor y su eterno amor la acompañarían siempre. El mar
le despertó su extraordinaria alma de mujer.
Las tres amigas nunca perdieron el
contacto entre ellas, practicando su lema todas para una y una para
todas. Carmen. Marta y Susana eran conscientes que las vacaciones que
pasaron juntas en 1980 les marco sus vidas.
MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ
elric39@hotmail.com
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