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LA TORTURA Y EL SILENCIO

 

La tortura y el silencio

Hernán Narbona Véliz

hnarbona@yahoo.com

 

Valparaíso, 12-nov-04

 

Entre diciembre de 1973 y febrero de 1974, los miércoles y domingos, estando recién casados, íbamos con mi compañera a la Cárcel de Valparaíso. Durante la semana íbamos a la Cruz Roja, que funcionaba en la calle Uruguay con Victoria, y allí se escribían tarjetas para los familiares presos. Eso, al menos era una buena señal, ya que al menos la supervisión de esta organización humanitaria permitía recibir algunas líneas del  familiar detenido.

 

Recuerdo que escribí el poema Carita de Ángel (Libro Miedo al Miedo) con el que cierro este artículo, en 1974, en Buenos Aires, pensando en los muchos amigos que cumplieron un itinerario de apremios ilegítimos, humillaciones, golpes, presiones sicológicas, aplicación de corriente en genitales, el submarino, potentes luces que nunca se apagaban; amenazas de similar tortura a seres queridos.

 

El circuito del horror, al menos en Valparaíso,  era claro. Partía en el buque cárcel Lebu, o bien en el buque Escuela Esmeralda, luego, de allí,  el fuerte Silva Palma, bautizado como el Palacio de la Risa y de allí la derivación a la Cárcel para algunos, otros a Colliguay.

 

En ese derrotero siniestro, donde muchos iban quebrándose, el humor fue el principal analgésico. En momentos de desolación. Increíblemente el ser humano es capaz de echarse a la espalda las mayores amarguras. Es el resorte para poder seguir adelante, un recurso de sobrevivencia. Fueron célebres los calduchos y obras teatrales de Colliguay. La transmisión radial que hacía uno de los presos políticos desde su celda, saludando los cumpleaños de los presos o dando la bienvenida a los nuevos huéspedes. Cuando íbamos a la Cárcel, teniendo tantos compañeros presos, comprábamos tres kilos de unos pancitos especiales para cocktail, como mini hallullas, que resultaban un bolsón con muchas unidades, lo que permitía repartirlo entre los muchos huéspedes de ese recinto. Al ingresar uno dejaba en la portería su carné y se iba al patio rogando por que no te dejaran dentro. Una vez allí, parecíamos estar en la plaza Victoria. “¿Cuando te agarraron, chico? ¿Qué mierda entonces andas haciendo por aquí?

 

Miles y miles de compatriotas fueron vistos por la perversa Doctrina de Seguridad Nacional, vigente en esa época, como enemigos internos, validando con ello todo tipo de crueldad que se pudiera ejercer. En los mensajes vía Cruz Roja era simpático cómo se inventaban situaciones para transmitir una idea y eludir la censura. Hubo situaciones hilarantes y otras de intenso dramatismo. Hubo personas con instrucción militar, que normalmente habían hecho el servicio militar como estudiantes y tenían, gracias a ello, una mejor capacidad de aguantar el proceso de interrogatorios. Pero los más, eran personas que comulgaban con ideas de izquierda, creyendo en la posibilidad de cambiar el sistema por la vía democrática. Esos sufrieron con más profundidad las sesiones de tortura, porque nunca habían racionalizado la violencia como instrumento.

Un gran amigo, connotado dirigente juvenil de ese período, recuerda sus largos períodos en celdas de castigo y la amistad genuina que en esos períodos de incomunicación estableció con un ratón, que cada noche entraba a la celda a buscar las migajas que él  le guardaba. Ese pequeño hecho resultaba un vínculo fundamental para seguir viviendo, para seguir con el pensamiento los caminos de libertad que recorría el amigo gris. Era un diálogo de miradas que fue generando confianza y una inusitada domesticación del fiero roedor.  Mi amigo, ha sido uno de los que documentó ante la Comisión un prolongado período de casi cinco años que vivió como preso político o prisionero de guerra, que fue el estatus legal que le salvó la vida. Al contar con protección internacional como muchos otros militantes que estuvieron en la misma condición.

 

Con el extrañamiento se inició una nueva etapa, tanto o más cruel que la primera. El vivir lejos de la patria, con el alma trizada, con los huesos gastados, envejeciendo de golpe y finalmente, intentar reinserción en un Chile cambiado. Han pasado casi quince años de democracia y aún hay compatriotas que no recuperan sus derechos ciudadanos y esa marginación es una desidia que el gobierno debe corregir de cara al país en esta ocasión histórica. Esa tortura extendida en el tiempo cruzó las familias de Chile y quizás este sinceramiento actual, este hablar del tema, permita restañar profundas heridas en los ahora adultos mayores.

 

Hoy gran parte de la verdad se ha develado. Pero aún hay muchos que resisten aceptar la realidad. La doblez espiritual  que ha significado para medio país negar lo ocurrido, abstraerse de la realidad, mirarla a lo sumo como hechos históricos lejanos, constituyen una situación de enfermedad social, una deformación valórica profunda. Si en las personas la escala de valores marca la línea entre el bien y el mal, nadie podría afirmar como persona sana que la tortura es “a veces mala”. Todos quienes durante más de tres décadas miraron para el lado han sufrido una castración moral, que sólo puedo explicar como un inconsciente recurso de autodefensa, para impedir que fluyan el sentimiento de culpa, los remordimientos. Total si racionalmente eliminamos el infierno, para qué preocuparse.

 

Creo oportuno valorar en su integridad, en su cabal honor militar y sentido patriótico, el gesto del General Juan Emilio Cheyre, que ha asumido institucionalmente las responsabilidades por los actos de tortura realizados por miembros de esa rama de las Fuerzas Armadas. Porque ha abierto puertas para un reencuentro real de un Chile proyectado hacia el futuro. Sin embargo, se aprecia que hay un largo camino por recorrer y muchos mea culpa pendientes. Por ello mismo, más noble resulta la decisión varonil del General Cheyre.

 

Cuando más de 10 años atrás se daba a conocer el Informe Rettig y Patricio Aylwin, Presidente de la República, en su calidad de Jefe de Estado, pidió perdón a las víctimas, sentí que se abrían las ventanas para refrescar el viciado aire de una convivencia de trincheras. Espero que ahora, con esta compilación de casos de miles de torturados, que son quienes se atrevieron a plasmar sus testimonios ante la Comisión, el Presidente de la República entregue pronto ese documento completo a la Historia, para que efectivamente se aplique el Nunca Más, para que esos episodios bochornosos se enseñen en las escuelas como una verdad dolorosa,  pero necesaria para crecer.

 

Y cuando se deba determinar la justa reparación a esas víctimas, es de esperar que primen criterios de reparación efectiva y no simbólica, del mismo modo como en otros Estados desarrollados se ha indemnizado a las víctimas de crímenes de lesa humanidad y sus herederos. Allí se demostrará si la voluntad política de las autoridades está a la altura de la Historia.

 

 

 

CARITA DE ÁNGEL

 

Con cuánta inocencia

me apunta a la frente,

se ve tan ingenuo,

carita de ángel

 

Con cuánta eficacia

me aplica electrodos,

se ve tan seguro,

carita de ángel

 

Con qué parsimonia

lacera mis plantas,

podría ser mi hijo,

carita de ángel

 

Con cuánta energía

me impone su dogma,

él cree ser bueno,

carita de ángel

 

Con cuántos rigores

flagelas mi carne,

me das mucha pena,

carita de ángel

 

 

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