por Horacio Velmont
La existencia, como cualquiera sabe, no es más que una serie de pérdidas, y así perdemos nuestros juguetes cuando somos niños y cuando ya somos adultos perdemos afectos, trabajos y muchas otras cosas más. Y al final, como si no nos hubiera bastado, también perdemos la vida, valga la ironía.
Pero de todas las pérdidas, la peor parecería ser la de los seres queridos. ¿Pero realmente es así?
Muchas veces hemos escuchado a una madre que ha perdido a su hijo afirmar que esa pérdida no se compara con ninguna otra. ¿Pero realmente es así?
Afirmar lo contrario respecto de algo que parece tan evidente seguramente nos colocaría ipso facto en el primer puesto de la lista de los insensatos, si es que esa lista existe en algún lugar.
Por lo tanto, lo mejor que podemos hacer –y lo más rápidamente posible– es brindar las razones por las que decimos tamaña cosa.
Probablemente todos los que lean estas líneas han conocido el pesar que se siente ante la muerte de algún familiar, dando por sentado que ese pesar estaba relacionado directamente con la muerte del ser querido. ¿Con que fin uno cuestionaría lo que resulta a todas luces tan evidente?
Analicemos un poco las cosas a ver qué sucede. Supongamos que alguien nos llama por teléfono y nos dice que tal pariente, al que tanto afecto le teníamos, falleció. Bien. De pronto sentimos una gran congoja y nos echamos a llorar como cualquier persona decente que se precie de serlo. Al día siguiente nos vuelven a llamar por teléfono y nos dicen que todo fue un error, porque esa persona está viva.
¿Qué sucedió en realidad? Pues sucedió que la mera creencia en que tal persona murió nos produjo un gran pesar. La primera idea lógica que surge de esto es que no es necesario que la muerte de un ser querido se produzca realmente, porque basta que lo creamos así.
¿Hay algo más? Sí, hay algo más, pues el mero hecho de que nos informaran de una pérdida nos implantó, nos guste o no, y fuera cierto o no, un engrama de dolor emocional

