Literatura y Poesía

«Como la Seda» una novela de Sonsoles Fuentes

Una novela fresca y divertida del mundo femenino, escrita por Sonsoles Fuentes.

¿Por qué hay mujeres que siempre escuchan y hombres que nunca reaccionan?

Gloria siempre ha sido el paño de lágrimas de sus amigas y compañeras, pero entrada en la treintena, un día, su equilibrio emocional se rompe y empieza a atisbar señales de que una depresión se le avecina.

Acostumbrada a callar y a solucionar los quebraderos de cabeza de los demás, no sabe ni por dónde empezar, ya que ni siquiera puede ponerle nombre a sus problemas: su novio la quiere, sus jefes la respetan, su familia la adora.

¿¿¿Entonces??? ¿Qué ha pasado con sus ilusiones? ¿Dónde se ha metido su líbido? ¿Y su instinto maternal? Para que todo vuelva a funcionar como la seda, la protagonista de esta divertida y reveladora novela femenina tendrá que poner su vida del revés y averiguar dónde está la raíz de sus problemas, pero durante su investigación, Gloria se enfrentará a todos los cadáveres que guardaba su armario.

¿Cuántas mujeres olvidan lo que no quieren recordar o giran la cara a lo que no quieren ver? Gloria es una de ellas y esta novela una excelente guía para coger el toro por los cuernos.

Fragmento de «Como la Seda»

La culpa de que esté escribiendo estas páginas la tiene la ex de mi novio. Bueno, ella y mi terapeuta, quien sugirió que contara mi vida al papel, ya que era incapaz de explicársela en la consulta. Y es que, a pesar de que mientras escribo se me caen lágrimas del tamaño de unas albóndigas, soy de las que piensan que eso de deprimirse es una indecencia para los que vivimos en un país que se permite el lujo de tener psicólogos.

Además, yo siempre he sido una persona fuerte ante mis problemas y demasiado blanda con los demás, la muleta en la que otros se apoyan. La que escucha y no necesita desahogos. Para colmo, encarno a ese tipo de mujer que otras desearían ser: la que vive de la profesión que ha elegido y comparte hipoteca con su pareja. Por eso, cuando el médico dijo «depresión», creí que hablaba de otra, y ahora, un par de meses después de mi hundimiento, sigo sin entender cómo he caído en una crisis emocional de estas dimensiones.

El caso es que la psicóloga me exige sinceridad absoluta si quiero salir de ésta. De ahí que, por muy ofensivo y desagradable que parezca, tenga que acusar a Elvira, la ex de mi pareja, de todo lo que me ocurre.

Mi madre suele decir que una mujer cuando es mala, es más mala que la quina, y Elvira es una de ésas. Suena muy feo, lo sé. Pero es la verdad. He necesitado cinco años para averiguar en qué fregado me había metido. (Nota: tengo que enterarme de una vez por todas qué es «la quina»; es imperdonable en una periodista que consulte el diccionario con tan poca frecuencia.)

Si alguien me preguntara con qué animal me compararía en estos momentos, diría «con el mosquito hembra» —dicen que son las hembras las que pican—, que volaba con la seguridad de quien posee un arma de ataque portentoso, que domina el espacio aéreo, y quedó atrapada en una tela de araña que habían tejido lenta y concienzudamente. De pronto, fue como estar cubierta de un líquido pegajoso y agoté mis fuerzas intentando liberarme de aquella viscosidad hasta caer grogui.

Así llegó el día en que decidí que no podía con mi vida y que pasaría el resto escondida bajo la manta. ¿Qué tuvo de extraordinario?

Pues, sinceramente, nada. No pasó nada trascendental. Ni recibimos un paquete bomba ni llegó un fax del grupo editorial comunicándonos el despido inmediato de toda la plantilla. Que va. Fueron los problemillas de siempre, los que tenemos todos, que a veces se funden hasta crear una bruma que te impide ver los auténticos motivos de tu malestar, los que te tiran al pozo, tan invisibles como los hilos de esa trampa.

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