Amistad

Pobre ancla atolondrada

Paseando la nostalgia e intentando disipar las continuas incertidumbres que me agarran al suelo, he arrojado el ancla, pero olvidé atar la cuerda y ahora ya no sabe nadar y ni siquiera flota.

Pesada, erosionada por la corrosión marina y la mugrienta marejada, mi ancla se ha perdido y descansa en tierra oscura, mientras se adormecen sus intenciones y los moluscos la mecen.

El susurro del oleaje es intenso, pero aún le falta luz para seguir la estela y este faro no conecta el GPS. Las gaviotas antes parlanchinas, ahora juegan al despiste y ni siquiera saludan.

Sólo le sirve el recuerdo a lo Sorolla de playas melancólicas, pero sufre de amnesia emocional y su elocuencia impertinente ha borrado aquellas pinceladas, para desdibujar su lienzo.

Mi pobre ancla atolondrada sueña con Alberti y recita auxilio al Marinero en Tierra , que ha dejado en remojo sus versos alejandrinos para ser un corriente, normal, cabizbajo y patético burgués de puerto pijo con mirada uniformada.

Ahora empapada de salitre y embadurnada del otoñal vaivén de las olas, se siente mareada.
Anhela respirar y sus pulmones oxidados añoran las baldosas amarillas y recuerdan al corazón de hojalata que un día viajando a Oz se convirtió en caramelo. Mi ancla tiene sueño porque al cerrar sus párpados se siente sirena. Una caracola hippy le invita al sosiego de un mar lejano, alucinógenos sin diseño y fantasia de Swarovsky.

¡Caballitos que no necesitáis fusta, ella os monta sin espuelas!, no lleva un rumbo marcado, sólo quiere galopar hasta agotar su tristeza para empezar de nuevo. Tres deseos le regala la más sabia de las algas, que envuelta en elixires de eternidad, acaricia a la pobre ancla atolondrada hasta agotar su barita y convertirla en hembra.

Ahora ya es sirena, mitad pez, mitad mujer, mitad de mitad entera para no ser neutra y surfear las tempestades hasta pisar la arena.

Mi ancla,mis queridas compañeras de cromosomas, se ha escondido, necesito encontrarla pues sin ella no tengo equilibrio, entonces recuerdo que vivir así me da vértigo y presiento que morir , demasiada pereza.

Me gustaría saber queridas marineras, ¿en qué momento perdemos nuestros sueños para acoplarnos a los deberes y requisitos del puerto de turno?

El corazón de caramelo de mi ancla no entiende de banderas y se resiste a perder su dulzura, sabe que su dueña quiso ser princesa cuando sólo era marinera y los castillos de arena se perdían al subir la marea.

Ahora, ahogada en la impotencia y hasta la mismísima argolla de esquivar piratas, los ha convertido en piedra y cerrado el capítulo atando el último cabo y perdiendo la combinación, para en marejadillas débiles no recurrir al pasado.

Sube el mar y ella se agota, lucha con la fuerza del último instante para llegar a la superficie, no atiende a razones ni le importan los argumentos, quiso ser sirena, también vestir de princesa y esperando el disfraz se convirtió en cangrejo.

Mi ancla roja y diminuta, ha perdido sus pasos, camina descalza contra sus sueños y deshace lo andado rebobinando el camino sin invertir en pause.

¡Pobre ancla atolondrada!, que pasó de ser sirena, soñar con vestir princesa, a convertirse en cangrejo y volver al principio, sus caballitos de mar se golpearon con tanto oleaje que en el taller de recambios se dejaron las neuronas al financiar su trote, perdiendo el galope y acomodándose al estipulado y aburrido paso.

¡Pobre ancla atolondrada!, te subiste a los caballitos más lindos y no tomaste las riendas, la montura fue una excusa para no saltar, pero tú sabias que te habías lanzado sin cuerda, que invertiste en fonambulismo siendo suicida y las redes en el mar sólo sirven para la pesca.

Ahora ausente en el fondo de los fondos, en un mediterráneo con tonalidades rojas, te declaras inocente y admites la penitencia, pues estás lejos del cielo y las gaviotas ya no te hablan.

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